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jueves, 31 de octubre de 2013

Una en dos: Segunda Parte

 Y llegó el gran día, Bingo Schmingo! Y coincidía con el cumpleaños de mi madre, que por cierto, estuve hablando con ella toda la semana preocupadísimo por si me olvidaba de llamarla con todo el follón. Y ella, como es ella: “no pasa nada, Zó, tu si estás liao a lo tuyo y yo ya me doy por felicitada y hablaremos otro día”. Por supuesto, me acordé, pero vayamos por partes:

La previa
Como en los partidos de fútbol, el día de antes sólo se hablaba de Bingo Schmingo! Llevábamos vendidos a trancas y barrancas unos 80 billetes y cumplíamos justito el mínimo esperado. Además el presentador de la gala nos había dado la semana preguntándonos constantemente detalles sobre su papel e información sobre los juegos y actividades preparadas. Ahí nos pilló el toro, le dimos la información demasiado tarde y poco se pudo hacer para remediarlo.
Como anécdota curiosa, diré que el pollo en cuestión es amigo de una de las integrantes (o miembras) del grupo, que no es la coordinadora pero se ha pasado el semestre intentando serlo, y de ahí que hicieran grupo para criticar el trabajo de la coordinadora (o jefa) y de la responsable de logística.
Como soy muy diplomático, me tocó estar en el medio de la tormenta y si bien logré mantener la amistad con ambas, no tuve tanto éxito a la hora de acercar posturas y enterrar el hacha de guerra. Y como no fumo, ni hablamos ya de la pipa de la paz, claro.
Durante las 48 horas previas al evento, los interesados se multiplicaban y la lista de asistentes no paraba de crecer: el techo era 120 y parecía factible hablar de Sold Out. Y así fue, a las 8 de la tarde, la profesora ordenó cerrar la taquilla. La función podía comenzar.

El gran día
Pero antes, un poco de preparación. Llegamos a las tres de la tarde a colocar la sala, en la bolera que habíamos alquilado, de todo menos facilidades, y la peña pasando de nosotros. El caso es que preparamos una serie de mesas y sillas que acogían a 90 personas y añadimos algo más a los lados, hasta llegar a 100. Obviamente, a las 7 de la tarde, con los asistentes llegando en masa, nos tocó sacar más mesas y más sillas y preparar last minute todo lo necesario.
Saludando al personal
Por fortuna se nos ocurrió poner en las mesas unos cubos de Rubik como parte de la decoración (la idea del bingo era que fuese muy ochentero) y tuvimos a la gente entretenida destrozando los cubos hasta las ocho y media que empezó el show. Con la correspondiente media hora de retraso, como los buenos conciertos de rocanrol.
Y empezó la fiesta, y era estresante porque teníamos que recuperar el tiempo perdido, y el presentador era muy salao, pero un poco lento y aquello tenía pinta de que no se iba a resolver y en el descanso decidimos eliminar un juego y cuando regresamos no nos hizo caso y de mala manera tocó recortar los bingos y en el último tuvimos dos ganadores y luego la rifa, que había 10 premios y aquello parecía interminable.
Y para rematar, a la “coordinadora en la sombra” le dio por sacarnos a todos al escenario a saludar y marcarse un discurso de agradecimiento cuando ya estábamos 15 minutos por encima del final previsto y la mitad de la gente ya se había marchado de sus asientos. Y tras esta lamentable imagen, todo terminó

Pero la profe nos dijo que había estado bien, o sea, que no suspendo!

After party
Caput, capitis, claaaro
Tras el éxito a recoger y, si nos queda fuerza nos vamos de juerga. Venga, hecho, ¡vamos a darle vida! Total que me emociono para retirar mesas y sillas lo más rápido posible y en un clamoroso fallo de cálculo me estampo contra una puerta de cristal. Valiente imbésil.
Eso sí, aquí son de un exagerado que da miedo, llamando a la ambulancia y todo, como si esto fuera yo que sé.
Para vuestra tranquilidad, el golpe, en lugar de dejarme tonto (más de lo que estoy es imposible) me ayudó a recordar el cumpleaños de mi madre, ahí entendí por qué se dice caer en la cuenta y se acompaña con una palmadita en la frente.
Por supuesto, nada de fiesta, a casita a dormir y mañana será otro día.

miércoles, 16 de octubre de 2013

EnCasillaDos

El otro día escribí el post más divertido de la historia de los blogs (o blogues) porque me quedé tirado en la calle después del trabajo sin llaves de casa y como único entretenimiento tenía el móvil. Fíese usted de las nuevas tecnologías... Por supuesto todo lo que escribí se perdió en el agujero negro digital donde van todos los documentos buenos que tienen la suerte o desgracia de no ser guardados en el disco duro. Podríamos hablar del aborto digital pero tampoco estoy tan enfadado como para escribir una tesis al respecto.
Los compis de clase, ayudando en la difusión #fotosquenovienenacuento
Lo que contaba entonces, con mucha más gracia que ahora, era la incómoda situación de quedarme sin llaves de casa dos días seguidos y la mala suerte de vivir con nada más que otras 3 personas (posiblemente lo único que echo de menos de mi casa en el centro es que se podía entrar a cualquier hora con o sin llaves).
El caso es que la primera semana en mi nueva morada me deparó una serie interminable de eventos en el centro y los alrededores de Sydney, por lo que tampoco he tenido tiempo para descubrir el barrio.
Si a eso le sumamos el ajetreo del mes de octubre con el evento y el voluntariado en el Festival de Newtown el resultado es que lo único que he ganado con el cambio son unas piernas duras como el acero, porque me paso el día cruzando el Harbour Bridge en bicicleta (de momento despacito y viendo como todos los demás ciclistas me superan sin despeinarse mientras yo sudo como un pollino).
Creo que también contaba en el post que nunca publicaré algo sobre la quinceañera situación de que una chica brasileña me diera su numero de teléfono escrito en un papelito a la salida del autobús, sobre el excelente paquete de productos italianos que me agencié en el Festival de Cine Italiano (Barilla, Lavazza, y tantas otras marcas de similar caché) y la posible visita del próximo viernes al equipo de fútbol de Sydney, con la intención de echarme una foto con Alessandro Del Piero.
La reflexión, visto que el post de entonces trataba de nuevo desgraciados avatares de mi vida, es que estoy encasillado, tanto como Antonio Resines (o su alter ego Carlos Escaño) y tanto como empanadillados estaban aquellos cómicos. Y la moraleja es que las entradas más divertidas son las que se escriben en el momento, sin darle muchas vueltas (por cierto, estupenda excusa para dilatar mis posts semanales).
Oíiiii, fijaT!

viernes, 4 de octubre de 2013

El tiempo, de su pérdida y de sus caprichosos cambios

Hoy voy a hablar del tiempo
¿Otra vez de vacaciones? ¿Cómo vives? Pues, honestamente, tampoco tan bien, porque llevo dos semanas de sol y calor en las que no he pisado la playa. Y por si fuera poco, el único día que tenía libre lo dediqué a la mudanza.
Me ocurrió como aquella vez que fui a Bondi: había quedado con mi nueva compañera de piso para que me diera las llaves en la puerta de su trabajo, puse la dirección en google maps y me acordé de lo que quise. Estación de St Leonards, sales y giras a la derecha, hasta que llegas al cruce con Oxley St, sencillísimo.
Primer error, como se puede ver en la imagen, no hay que girar a la derecha, a menos que uno salga de la estación de St Leonards antes de llegar a ella. Resumiendo, que me fui hasta más allá del hospital a las 12 de la mañana bajo un sol de justicia hasta que acepté que había caminado por demasiado tiempo.
¿Qué le hace a uno tomar estas decisiones? Posiblemente influya el hecho de que a la salida de la estación había una plaza grande, que eso ya desubica, o que, como en las películas el camino correcto implicaba subir una cuesta, mientras el giro equivocado era un agradable paseo sobre el llano, con parquecito incluido.
O quizás el calor extremo, que me nubló las entendederas.
Pensaréis que aquí acaba todo. Pues no, apenas dos días después nos reuníamos los del grupo del bingo, para organizar el evento en la bolera que hemos alquilado para la ocasión. Premisa: estoy harto de pasar por ahí, porque el bar de Pichuco queda justo enfrente.
Primer error (o segundo) tomar el autobús equivocado. Solucionable si me hubiera bajado a tiempo, pero lo hice una parada después. Y entonces, en lugar de desandar el camino como haría cualquier persona que no sabe dónde está, me dio por aventurarme a "buscar un atajo". No me preguntéis qué camino escogí, si torcí a la derecha o a la izquierda, si norte o si sur, porque cuando me bajé del autobús llovía a mares (segundo o tercer error como imaginaréis es no llevar paraguas ni chubasquero alguno). Consecuencia de este espontáneo temporal fue que ningún osado peatón salió a pasear al perro o comprar la prensa, por lo que mi atajo se convirtió en un interminable infierno...
Hasta que amainó y encontré a dos ciclistas. Con su Iphone me indicaron lo que hacer (para mí que me hicieron dar un rodeo porque tardé en llegar 20 minutos, pero tampoco estaba yo como para desobedecer las órdenes supremas de Google Maps.
Por último la esperada mofa atmosférica, tras más de media hora de intensa tormenta, apenas llego a la bolera para de llover. En Italia me llamarían Fantozzi.

jueves, 8 de agosto de 2013

La vida en el barrio

A las 5 de la tarde, cualquier domingo del año, cuando el resto de la ciudad pasea o se relaja al sol, hay un recóndito lugar (bueno, en realidad es bastante grande y está en pleno centro) en el que se corre estresado de un lado para otro: Se trata del mercado de fruta y verdura de Chinatown Paddy's Market, en el interior del gran mall (pronúnciese Mol) de Market City.
Para que os hagáis una idea gráfica podría haceros un dibujo, pero el domingo pasado tuve un ratillo para darme un paseo por allí y esto es lo que os traigo:


Bastante tranquilo parece el cruce de Ultimo Road y Haymarket, aunque ya se avisa en los segundos finales el rugido de la marabunta. Para rellenar un poquito entre vídeo y vídeo os contaré que en Market City hay 3 niveles: los bajos, donde está el mercado de fruta y verdura y las tiendas de souvenirs; el primero donde están los restaurantes (kebabs, pizzerías, thai) los chinos, el supermercado, etc; y el segundo, donde están las tiendas y las máquinas recreativas (aquellas por las que Pepe casi pierde el avión en un agónico set de Virtua Tennis). El mercado está abajo, a la izquierda desde el punto de vista de la cámara de vídeo.
Así se encuentra un domingo cualquiera, a eso de las 5 de la tarde:


Se pueden decir muchas cosas, pero no que haya respeto. Por momentos se le olvida a uno respirar no vaya a ser que se desequilibre el reparto de espacio. Y os preguntaréis (digo yo, vamos) ¿por qué? Es domingo, ¿qué necesidad hay de ir a pegarse empujones al mercado, si abre desde el miércoles todos los días de 9 a 5.30? Pues ahí está la respuesta; que el lunes y el martes cierra y, como todo el mundo sabe, la fruta y la verdura que no se vende tiene muy triste final, el cubo de la basura.
Para evitar que esto ocurra, los fruteros y verduleras (o las fruteras y verduleros) hacen gala de sus mejores estrategias de marketing. Los canales, eso sí, no son muy sofisticados; nada de facebook o twitter, el grito pelao que es lo que se ha hecho de tóa la vida.


A la voz de ¡Wandola, wandola, wandola, eh!, (en inglés sería: One dollar, one dollar...) los atareados comerciantes preparan cajas de plástico con aproximadamente un kilo de lo primero que caiga en sus manos (siempre que esté bien maduro).
Los confundidos compradores no hayan más guía que los ocasionales cambios de cantinela: ¡Chiiiipa, chiiiiipa, chiiiiiiiiiiipa! (que traducido, al inglés, claro, sería Cheaper, cheaper...).
Al final, con tanto jaleo, tanto grito y tanta gente, llega uno con la idea de comprar zanahoria y repollo para hacer una sopa y acaba llevándose calabacines y pimientos para alimentar a un regimiento.
Pues nada, oiga, ¡Pisto manchego!

sábado, 8 de junio de 2013

Aquí se come muy bien


Echaba ya uno de menos volver a esos post primigenios que crearon mi estilo, esos post llenos de homenajes velados (como el del título de éste) o directos (como la mención directa de que el título es un homenaje velado, no sé si me explico).
Una de las cosas que más preocupa a la familia de cualquiera cuando uno se va a vivir solo al extranjero es la comida. “Tú estás más delgado, ¿seguro que comes bien?”, “¿Tienes dinero? No me vayas a pasar hambre…”
Paaanes
Creo que ya quedó claro que como, de lo que quiero hablar aquí es de mi pasión por la cocina: el otro día con mi compi de piso, estuvimos haciendo pan, y me di cuenta entonces de que soy un Arguiñano de la vida. Si me dejaran solo en una isla desierta (con cocina y despensa, claro, que una cosa es ser cocinilla y otra Cocodrilo Dundee) podría sobrevivir sin problemas y ni siquiera comería todos los días la célebre “pasta all’estudiante” (pasta con atún y tomate frito).
Todo empezó con 8 o 10 años, con el famoso bizcocho de limón que tanto revuelo causaba en casa (porque cada vez que lo queríamos hacer había que buscar la receta, que estaba apuntada a mano y corregida a base de ensayo-error de la que venía con el libro de la Thermomix), aunque creo que nunca me he atrevido a hacerlo yo solo.
La mejor experiencia de superviviente sería el interraíl, y nuestro descubrimiento generacional de las latas con ketchup, que me haría, al cabo de los años, reflexionar sobre sus posibles variantes, aplicando la mezcla explosiva de guisantes, atún y tomate triturado para crear un excelente relleno de empanadas u hojaldres que también se deja comer bien acompañado del inolvidable pan bimbo.
Del helado de queso, ¡qué decir! Me pondré mi mejor atuendo del Siglo de Oro para afirmar que quien lo probó lo sabe (y fue mucha gente porque se vendía como churros). Y también en Baños, aprendí los secretos pasteleros del abuelo, caramelo, bizcocho, tartas, profiteroles y merengues.
Luego por supuesto me apliqué a la pasta all’uovo, tanto en Turín como en Bruselas, y reconozco que no se nos daba mal, aparte algún que otro agnolotto vacío o apelotonado y de la baja productividad (hasta 8 personas éramos en Bruselas para hacer apenas una porción de pasta rellena por cabeza.
Me dejaré muchas cosas en el tintero, pero recuerdo, y aún aquí lo hago, el batido de aguacate que descubrí en Tetuán y que tanto éxito tiene allá donde se importa (en Sydney juego con ventaja, porque dos de los vecinos franceses son de origen marroquí).
Aún no me he lanzado con la paella, pero eso es porque temo el resultado, que el listón familiar está muy alto cuando hablamos de arroces. Sin embargo el risotto no tiene secretos para mi (y no los tendrá para ninguno si le añadís queso, ese es el truco).
Menos mal que este post lo he escrito a medias por la mañana, después del desayuno, y por la noche, después de la cena, que si no me entraría un hambre de esas que te hacen ver turbio.

Sé que debería hablar del trabajo, de la mudanza, del fin del semestre y de los exámenes, pero no hay prisa, tengo aún muchas semanas, y de vez en cuando le gusta a uno darse el gustazo de cambiar de tema.

viernes, 24 de mayo de 2013

Todo un acontecimiento

Todo muy cuco, oye

A Sandra, por su cumple y por su empujón

Eso es lo que montamos el martes, un peazo evento que no veas. Con mucho estrés y muchos nervios porque nos jugábamos la nota pero además, porque teníamos que sacarles los cuartos a 60 personas (por una causa justa, eso sí).

Y después del mapa conceptual, la explicación: la principal tarea del curso este semestre era realizar un pequeño evento. Para ello nos dividimos en grupos de 5 o 6 personas y la profesora nos asignó un día y un tipo de evento. 
A mi grupo le tocó el martes 21 de mayo hacer una cena benéfica a favor de la Chris O’Brien Lifehouse, que es un centro integral de tratamiento e investigación sobre el cáncer (en concreto de los tumores cerebrales).
Restaurante - Antes
Restaurante - Después
No ha sido un camino de rosas, pero tampoco fue tan complicado. Tengo la sensación de que tanto papeleo y tanta teoría son útiles para tener una idea de cómo se hace un evento, pero en la práctica lo que hace falta son tablas y experiencia porque siempre hay imprevistos.(Uno muy divertido es el que ilustra la foto, me quedé sin internet justo la noche antes del evento, cuando el intercambio de mails para rematar los últimos requisitos teóricos era más ardiente, así que tuve que sacar el cable de red, que siempre llevo conmigo desde que Charlie me dijo que lo llamaban prehistórico por ir con él a todos lados, y conectarme al módem, que está encima de la nevera. Todo muy underground)

Interneeeeé
Nuestro mayor imprevisto fue que justo antes de empezar nos cambiaron la disposición y el tamaño de las mesas y de repente los arreglos no cuadraban, la asignación de mesas tampoco, el mapa del restaurante y sus espacios eran mucho más reducidos… 
Todo parecía indicar la catástrofe.
Pero entonces pasó lo que ocurre en teatro cuando se lleva una obra con alfileres o tras una situación comprometida, con muchos nervios y la moral baja, la magia. Y hubo magia en el restaurante cuando, apenas ya sentados los invitados, nos acercamos a sus mesas para explicarles las actividades que habíamos preparado. De repente nos sonreían, nos escuchaban y nos compraban los boletos de la rifa. Y todo empezó a subir como la espuma.
El equipo A
Acabé hecho pedazos, claro, porque desde las 8 de la mañana que llegué al college (hay que meter un poco de inglés que si no parece que no estoy aprendiendo nada) me dio tiempo a echar una mano a los compis que estaban organizando el evento de la mañana, hacer el examen de informática y preparar y llevar a cabo el evento con el resto del grupo. Pero valió la pena.
Y aunque haya mentes maliciosas que se piensen otra cosa, la relación con el resto del grupo es estrictamente profesional. Pero vamos, no os penséis que no me han llegado ya comentarios (además de los de facebook) de qué bien vives y demás.
Cambiando de tema, llevamos dos días de lluvia horrorosos y he notado que los australianos parece que se esperan a que haga mal tiempo para demostrar lo machotes que son y salir en pantalón corto y camiseta a la calle (sólo les falta sentarse a tomar una cervecita en una terraza mientras cae el diluvio universal, pero mejor no les doy ideas).
Cosas que solo pasan en Australia, como lo del agua del retrete y la ley de protección del koala.

viernes, 17 de mayo de 2013

La repesca


Suena un poco a refrito, o a película de serie b, o  a descartes de un álbum, pero es lo que hay. Entre que ando liado y que han vuelto unos cuantos franceses de los que conocí cuando llegué y que se marcharon a los pocos días, me parece que ha llegado la hora de ir atando cabos. Empecemos por aquella historia de la burocracia que dije hace algunos post que os contaría.
Seguro que recordaréis (y si no ya me encargo yo de daros la lata) mi odisea cuando llegué. Bien, pues de entre todas las cosas que me ocurrieron, una fue conseguir el certificado RSA. RSA, o servicio responsable de alcohol, es un cursito que se paga 100 dólares del ala y que es imprescindible para trabajar en casi cualquier empleo relacionado con el turismo y la hostelería (incluidos los eventos). Te hacen un examen al final, pero es con libro y de todas formas, con lo que cuesta la porquería de curso es como para que encima te suspendan. Así que lo aprobé. Y me mandaron un papelito diciendo que tenía que ir a Correos para que me hicieran la tarjeta oficial (la de la foto).
Fui a Correos la primera vez, con todos los documentos de identidad y tarjetas que tengo (porque tienes que demostrar que eres tú con varios documentos por valor de 100 puntos) y me dijeron que no me podían hacer el certificado. Resulta que mis documentos españoles van con dos apellidos, mientras que los australianos solo tienen uno. No es que yo quiera quitarme el segundo apellido, claro, es que en los formularios no hay espacio para poner los dos.
- Pero vamos, que soy yo, no sé si se nota en las fotos – le digo a la dependienta.
- Lo siento, tienes que conseguir 100 puntos pero todos con el mismo nombre – me suelta ella – es la ley.
- Pues esto es todo lo que tengo – contesto un pelín molesto – y no voy a poder conseguir nada más o no lo suficiente para llegar a 100 – concluyo mientras me marcho visiblemente airado (creo que está un poco fuera de lugar aquí, con lo educada y comedida que es la gente).
Autofoto en Hobart, para rellenar #fotosquenovienenacuento
Dejo pasar unos 10 o 15 días y me decido a volver a la carga. Misma oficina de correos y misma dependienta. (oh oh, me digo a mi mismo). Arranco con fuerza:
Vine hace dos semanas a sacarme el RSA y no me dejasteis, he pensado en hablar con mi embajada y pedirles un certificado que garantice que soy la misma persona con un apellido y con dos (nada como tirarse un farol).
- Pero eso no te van a dejar hacerlo - me explica preocupada - y si no tienes 100 puntos nosotros no podemos hacer nada.
- Pues yo más soluciones no encuentro, o voy a hablar con la embajada (la palabra embajada suena bien, a asunto importante) o abandono la empresa de solicitar el RSA.(aquí pienso, esta no se ha enterado de nada, se cree que voy a pedir que me quiten un apellido o algo así, aprovechémoslo) 
- Un momentito, por favor, voy a consultar con el mánager.
Eso significa victoria, pienso yo, porque el supervisor no será tan cuadriculado como para no entenderlo. Y no me equivoco, la mujer sale, me dice que todo bien y me previene. Si alguna vez te controlan, la documentación que tienes que enseñar es la australiana, no la española, recuérdalo.
Por cerrar el círculo, hace 8 o 10 días me dice la profesora del curso: Me han escrito del departamento de comercio de Nueva Gales del Sur de que ya tienen tu RSA, por si quieres pasarte a buscarlo.
Aunque en correos les di mi dirección postal, la tarjeta llega a la consejería de turno. Ahí, si quieres, te pones de acuerdo por correo o telefónicamente para que te la envíen a tu casa en el sorprendente plazo de ¡2 meses! (tardan más que las postales que mandé a España). La otra opción es acercarse a la oficina y recogerlo tú mismo, estilo Juan Palomo.
Menos mal que vivo en el centro y todo me pilla cerca.

jueves, 14 de marzo de 2013

Pepe Gafez


Al ataque

Seré breve, como siempre: No es que yo tenga mala suerte, más bien al contrario, todo me está saliendo bien aquí.

Después de los problemas con el curso nada más llegar, ya estoy perfectamente integrado y haciendo los deberes como estudiante aplicado que soy (bueno, la verdad es que se me retrasó todo un par de semanas porque había problemas informáticos para que los estudiantes internacionales pudiéramos acceder a la plataforma educativa online, pero ya está resuelto).


Tampoco se dio mal la visita a la Consejería Economía y Comercio. Allí me pasaron el contacto de un par de sitios a los que acudir y conocí a los becarios, que son gente muy maja (de hecho fuimos a un concierto al día siguiente). Aunque también es cierto que a los 15 minutos de llegar a la oficina empezó a sonar la alarma de incendios y nos desalojaron los bomberos, pero como no había fuego ni peligro, considero que no fue para tanto.

Otra de las cosas buenas que tiene Sydney es la playa (o mejor dicho, las playas). No niego que en febrero ha hecho mal tiempo (parece ser el mes más lluvioso del año) ni tampoco la excursión de Bondi Beach de la que ya he hablado, pero ir a la playa vale la pena.

A propósito, el domingo pasado fui a Cogee con los compis de piso y con los vecinos, un buen grupo, 15 o 20 personas. La playa está muy bien, pero además tienen una pradera justo antes con 3 o 4 puestos para hacer barbacoa al aire libre. No me preguntéis cómo funciona pero no hace falta llevar el carbón, solo la comida y la bebida. Ahí estábamos, de barbacoa, cuando suena la sirena en la playa y el vigilante (que no se parecía a Mitch Buchannan) dice “Por favor, acérquense a la orilla tranquilamente y salgan del agua que hay tiburones”. Había más curiosos que bañistas y más bañistas que vigilantes; pero por lo que vimos, también había más vigilantes que tiburones.

Y la última de la serie: ayer fui a una fiesta porque igual me pongo a trabajar de relaciones (aquí lo llaman promotions) para una disco y el jefe nos convocó allí. Fui al bar a las 20h y por supuesto, estábamos solo los futuros promotions. Nos presenta el sistema, nos da los pases que tenemos que repartir y nos deja allí conociéndonos; 3 americanos, 1 bengalí, 1 australiano y yo.

Al rato entra la policía con perros y todo y nos los rebozan por los pantalones, supongo que por ver si teníamos droga. Y así se recorren todo el local pero no dan con nadie. Diría que es raro pero también es verdad que no eran ni las 11 de la noche, y el que vaya puesto ya a esa hora es un ansioso.

¿Qué quiero decir con todo esto? Pues que no sé si yo tengo mala suerte y todas las cosas raras me pasan a mi o es que los australianos son muy escandalosos y por menos que nada tienen que estar metiendo un cuerpo de por medio (quiero decir, el cuerpo de policía, el cuerpo de bomberos, etc…).