Leo a Salter en enero. Afuera la nieve cubre el perfil de las ventanas y acumula unos diez centímetros sobre los prados. Bonita ya no está. Me entristece la lectura, tal vez porque es una historia sobre la muerte y aun estoy en fase de negación.
Pasan unos días y retomo la lectura. Me resultan hipnóticas sus descripciones y ya no sé si vivo en la montaña o junto al lago. No puedo evitar fijarme en Hadji, es el único personaje que me interesa. Sé por qué. A pesar de ello continúo con desatención la lectura.
En algún momento, sin saber bien cómo, he llegado a Roma con Viri. Me acuerdo de Roma y del viaje que tengo pendiente con mis tíos. Quizá lo hagamos el año que viene, tal vez se sume a la lista de promesas nunca cumplidas de una familia que teme los desplazamientos casi tanto como las novedades. Y aún así, víctima adicta de ellas, las persigue sedienta de más.
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