Mostrando entradas con la etiqueta supervivencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta supervivencia. Mostrar todas las entradas

martes, 28 de enero de 2014

Números



Hoy hace un año que llegué a Sydney. Extraña coincidencia, esta es mi quincuagésimo segunda entrada en el blog. Una por semana. Anda que no ha llovido (en sentido figurado y literalmente) y a la vez, como a menudo ocurre parece que fue ayer.
En este tiempo he acumulado experiencias y vivencias como para escribir un libro (o un blog), encontrado y conocido amigos que volveré o no volveré a ver, adquirido nuevas habilidades y estrategias (aquí lo llaman skills y en el curriculum queda muy bien) pero sobre todo he aprendido inglés, ¡por fin!
No se da uno cuenta de cómo domina un idioma hasta que otra persona se lo dice. Persona que puede uno conocer o no: el último que me dijo que mi inglés era muy bueno fue un australiano borracho la otra mañana en la cafetería (y ya se sabe que los borrachos nunca mienten).
De Supermario en 3 minutos
En lo que respecta a escribir un libro, podría ser una colección de chistes y anécdotas, la última de las cuales es muy graciosa (de nuevo en la cafetería): esto es un chino que llega al restaurante y pide una tortilla de champiñones, el camarero le lleva un bocadillo de lomo por error y cuando regresa para pedir disculpas la situación es la siguiente:
Camarero (con una tortilla en la mano): Disculpe, ha habido un error, usted había pedido una tortilla de champiñones, ¿verdad?
Chino (con medio bocata ya en el estómago): No, si yo ya tengo mi tortilla aquí, no quiero nada más.
Por supuesto a Stephane (el actor en el papel de camarero) le faltó tiempo para venir a contármelo y aguántate la risa delante de los clientes…
De amigos ni empiezo ni acabo porque muchos más vendrán (y ya saben ellos quienes son) y en lo que respecta a los skills el mejor de todos es la capacidad de hacer de voluntario, que tengo más diplomas y camisetas de eventos que apuntes del curso (y eso que lo aprobé con sobresaliente, por si no lo había dicho antes).

Ahora que parece que mi visado se acaba igual me voy a Nueva Zelanda de turismo (que tengo visa para 3 meses) y alargo mi estancia en la otra punta del mundo un poco, pero tiene más pinta de que me volveré, como tarde a mediados de abril, aunque después de un año de reflexión siga sin haber pensado en nada concreto.
Supongo que, paradójicamente, me hacía tanta falta venirme aquí hace un año como falta me hace ahora largarme. 
Al final voy a ser uno de esos, como dice Sabina "porque no quiso ser estatua de sal le llamaban todos culo inquieto"
¡Quién me lo iba a decir!

jueves, 16 de enero de 2014

Otra de las mías



¿Os acordáis del famoso Carlo Rossi?
Para algunos no hará falta más, a los demás os diré brevemente que era un tipo que me pidió 20 euros en Turín para ir a su casa a coger las llaves del gimnasio con la excusa de que era el famoso boxeador Carlo Rossi.
La sala de no-estar





¡Qué ingenuidad! ¡Qué candor! Y ya tenía 20 años, pero el tipo me tongó igual (aunque eso sí, me dejó su reloj, que parecía muy valioso pero era un Carretier fabricado en China o en casa de Rossi.
Después de esta y otras cuantas aventuras similares, cualquiera podría pensar que he aprendido y ya no me timan, pero no es así, sigo creyendo que la gente es buena y me llevo chascos, ¡qué le vamos a hacer!
La última a propósito del piso. Éramos dos a compartir, vino mi ex compañera de piso a pasar unos días, encontró trabajo en la panadería de al lado y decidió quedarse un mes y medio. Intentamos hablar con la casera para que nos dejara ser tres pero el primer acercamiento de posturas salió rana, así que me busqué rápidamente una habitación para pasar un mes.
El agradable jardín, trasero
No os cuento lo difícil que es encontrar algo barato y por breve tiempo, pero os lo imaginaréis. Después de unas cuantas llamadas y mensajes que acabaron en nada y ya con el agua al cuello, me responde un tipo (Helman) que resulta ser español (Germán, supongo), me lleva a ver la casa y me enseña solo el cuarto.
El cuarto no estaba mal del todo, y medio limpio. Pero cuando vi el resto de la casa (obviamente después de haber pagado la fianza) casi me desmayo. De hecho si no lo hice fue por miedo a coger una infección en esa pocilga que el tipo con mucha gracia decía en el anuncio que era “un piso totalmente renovado, y pintado, como nuevo”
Además, el cuarto daba a la vía del tren, por lo que desde las 5 de la mañana había un ensordecedor ruido de trenes pasando por la ventana. Conclusión: que le dije al baranda que yo pasaba del tema y que me iba de allí (y que de paso me devolviera la fianza).
Me dijo que sin problema, y nunca más se supo. Como yo soy un tipo listo, con recursos, le dije a mis amigos que llamaran como interesados en el piso y así me presentaba yo para hablar de lo mío. Resultado: se inventó que había estado de vacaciones y me dio un número al que llamarle para quedar. Entre que no responde y que yo no insisto, seguimos como estábamos.
La cocina. Cucarachas en la nevera que os ahorro
Y ahora, estilo Víctor, os dejo unas fotos de la maravillosa casa, cortesía de Dinah.
El cuarto de baño, totalmente renovado
La repisa para poner el cepillo de dientes, limpísima

jueves, 26 de diciembre de 2013

La comuna



No sé si tendrá que ver algo el hecho de que mi familia paterna tenga un hotel, o el que mi abuela materna se pasara los inviernos preparando tortillas para un regimiento (entre primos, parientes, amigos y allegados) cuando se iban a esquiar a la sierra de Madrid, o que en mi casa desde pequeñitos siempre tuviéramos familia y amigos que se quedaban a dormir o la suma de todo ello; sea como fuere, el caso es que soy muy hospitalario.
Siempre lo he sido, por ejemplo en Turín cuando vinieron los chicos del barrio a la casa de los pitufos, o en Baños cuando medio Madrid vino a pasar las fiestas y mi tío bautizó el piso con el título de este post.
Ahora, que vivo en un espacio pequeño y bastante limitado de recursos me temía que no habría sido capaz de organizar las navidades, sin embargo esta Nochebuena 6 personas cenamos en casa y 5 nos quedamos a dormir.
Hannah y Cristina, ex compañeras de piso que se marcharon hace unos meses y me avisaron de que regresarían por Navidad, se presentaron con dos amigos, Dinah desde Melbourne y Chris desde Francia para unirse a la fiesta.
Afortunadamente la confianza da asco y fueron ellas las que cocinaron porque la primera sorpresa de la Nochebuena fue que me tocó trabajar por la mañana en el café y la cachonda de la jefa decidió que iba a ser un día tranquilo así que le dio libre a casi todo el personal. Total, que desde las 7 de la mañana a las cinco y media de la tarde estuve metido en la cafetería.
Mientras, las chicas hicieron la compra, prepararon el menú y decidieron el lugar de la cena (que no era otro que el jardín del que ya os hablé, donde tenemos una mesa grande tipo picnic o merendero). Pasta fresca hecha en casa y tiramisú para desafiar a las circunstancias.
Cómo consiguieron prepararlo en una casa que carece de mesa para estirar la masa, de olla para hervir la pasta y de cafetera para preparar el café es un misterio que aún hoy se me escapa, por mucho que lo viera con mis propios ojos.
Pero si ya se junta con que Dinah se trajo la guitarra y Chris nos confesó que tocaba en dos grupos antes de venir, la fiesta solo podíamos acabarla cantando Wonderwall como en el Karaoke (o incluso peor).
Se veía venir la lluvia, y el 25, que queríamos ir a la playa de barbacoa, amaneció el diluvio. A pesar de todo, fuimos a casa de los amigos de un amigo de un amigo, que organizaron una barbacoa navideña muy simpática. Echamos la tarde y nos volvimos a casa a ver una peli porque con la que estaba cayendo, no teníamos el cuerpo como para mucha celebración.
Bien como experiencia, pero eché de menos la clásica e interminable partida de mus con los primos.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Y ahora, ¿qué?

Buena pregunta.
Y así podría acabar mi entrada de hoy, porque de respuestas, como siempre, ando algo escaso.
Por suerte me hago buenas preguntas, muchas y variadas, así que material para colgar el tercer post de la semana me sobra. Empecemos, como en la pirámide de Maslow, por el escalón más básico:
Los arbolitos primaverales cerca de casa
Desde hace ya tiempo, mis necesidades básicas aquí están cubiertas. Tan es así que me decidí hace algo más de tres semanas a mudarme al barrio rico. Para el que no dé crédito, aquí tengo unas cuantas fotos de muestra.
No contaba yo, sin embargo con un pequeño detalle: en el mundo hay mucha gente y algunos son propietarios de las casas en que vivimos de alquiler, y algunas veces a los propietarios les da por tener hijos que se van a vivir a Canberra y deciden volver. Y esos propietarios tienen buen corazón y no van a dejar a sus hijos sin un techo así que deciden que los inquilinos “esos que tan bien me venían cuando mi churumbel estaba en la capital” ahora sobran.
La cocina, superdotada
Resumiendo, que nos han largao del piso. Y ahora, ¿qué? A empezar de nuevo, que si búsqueda, que si mudanza, que si centro, que si periferia, que si apartamento caro con sauna, spa, gimnasio y piscina o casita en las afueras con parquecito y aire puro, que si 150 o 200 (o 250), etc. Y yo que soy un emprendedor nato y decidido, pues no sé qué hacer ni dónde mudarme.
A todo esto, el aviso me lo dan con 2 semanas de antelación y el evento de por medio, seguido de trabajos y exámenes toda esta semana; resultado: cero en búsqueda detenida de apartamento ideal. Solución, o escoger lo primero que se me ofrezca (incluyendo el apartamento del que huí en verano) o buscarme un hotel/hostal/casa de amigo mientras me dura la caza del alojamiento perfecto.
La bahía enfrente del parque al lado de casa
Una vez encuentre casa (la segunda necesidad según Maslow) podré pasar a la tercera, la afiliación, que tiene su miga. Dice wikipedia: amistad, afecto, intimidad sexual. No haré más comentarios, que ya os encargáis en facebook o en privado de afilar el cuchillo al respecto (en que hora se me ocurrió contar la anécdota de la brasileña)
El cuarto peldaño, el del reconocimiento y el éxito, ya lo tengo ganado: las notas son buenas, los profes me piropean y me han elegido de los mejores estudiantes internacionales del cole, aunque tampoco es que tenga mucho mérito, desde que he llegado aquí he asistido a más ceremonias y entregas de premios que la estatuilla de los Oscars. A cualquiera le dan un premio (y a cualquier cosa le llaman premio, ya os contaré si cae algo).
El comedor al lado de la cocina
Y el último, el de la autorrealización, dice Maslow (siempre según wikipedia) que se alcanza cuando se encuentra una justificación o un sentido válido a la vida mediante el desarrollo potencial de una actividad, o sea el clásico ¿qué quieres ser de mayor? Bien, si alguien sabe lo que significa ser mayor y sobre todo sabe lo que quiere, mi más-lowiana enhorabuena.

Yo, por mi parte, os dejo con Búnbury.




miércoles, 16 de octubre de 2013

EnCasillaDos

El otro día escribí el post más divertido de la historia de los blogs (o blogues) porque me quedé tirado en la calle después del trabajo sin llaves de casa y como único entretenimiento tenía el móvil. Fíese usted de las nuevas tecnologías... Por supuesto todo lo que escribí se perdió en el agujero negro digital donde van todos los documentos buenos que tienen la suerte o desgracia de no ser guardados en el disco duro. Podríamos hablar del aborto digital pero tampoco estoy tan enfadado como para escribir una tesis al respecto.
Los compis de clase, ayudando en la difusión #fotosquenovienenacuento
Lo que contaba entonces, con mucha más gracia que ahora, era la incómoda situación de quedarme sin llaves de casa dos días seguidos y la mala suerte de vivir con nada más que otras 3 personas (posiblemente lo único que echo de menos de mi casa en el centro es que se podía entrar a cualquier hora con o sin llaves).
El caso es que la primera semana en mi nueva morada me deparó una serie interminable de eventos en el centro y los alrededores de Sydney, por lo que tampoco he tenido tiempo para descubrir el barrio.
Si a eso le sumamos el ajetreo del mes de octubre con el evento y el voluntariado en el Festival de Newtown el resultado es que lo único que he ganado con el cambio son unas piernas duras como el acero, porque me paso el día cruzando el Harbour Bridge en bicicleta (de momento despacito y viendo como todos los demás ciclistas me superan sin despeinarse mientras yo sudo como un pollino).
Creo que también contaba en el post que nunca publicaré algo sobre la quinceañera situación de que una chica brasileña me diera su numero de teléfono escrito en un papelito a la salida del autobús, sobre el excelente paquete de productos italianos que me agencié en el Festival de Cine Italiano (Barilla, Lavazza, y tantas otras marcas de similar caché) y la posible visita del próximo viernes al equipo de fútbol de Sydney, con la intención de echarme una foto con Alessandro Del Piero.
La reflexión, visto que el post de entonces trataba de nuevo desgraciados avatares de mi vida, es que estoy encasillado, tanto como Antonio Resines (o su alter ego Carlos Escaño) y tanto como empanadillados estaban aquellos cómicos. Y la moraleja es que las entradas más divertidas son las que se escriben en el momento, sin darle muchas vueltas (por cierto, estupenda excusa para dilatar mis posts semanales).
Oíiiii, fijaT!

viernes, 4 de octubre de 2013

El tiempo, de su pérdida y de sus caprichosos cambios

Hoy voy a hablar del tiempo
¿Otra vez de vacaciones? ¿Cómo vives? Pues, honestamente, tampoco tan bien, porque llevo dos semanas de sol y calor en las que no he pisado la playa. Y por si fuera poco, el único día que tenía libre lo dediqué a la mudanza.
Me ocurrió como aquella vez que fui a Bondi: había quedado con mi nueva compañera de piso para que me diera las llaves en la puerta de su trabajo, puse la dirección en google maps y me acordé de lo que quise. Estación de St Leonards, sales y giras a la derecha, hasta que llegas al cruce con Oxley St, sencillísimo.
Primer error, como se puede ver en la imagen, no hay que girar a la derecha, a menos que uno salga de la estación de St Leonards antes de llegar a ella. Resumiendo, que me fui hasta más allá del hospital a las 12 de la mañana bajo un sol de justicia hasta que acepté que había caminado por demasiado tiempo.
¿Qué le hace a uno tomar estas decisiones? Posiblemente influya el hecho de que a la salida de la estación había una plaza grande, que eso ya desubica, o que, como en las películas el camino correcto implicaba subir una cuesta, mientras el giro equivocado era un agradable paseo sobre el llano, con parquecito incluido.
O quizás el calor extremo, que me nubló las entendederas.
Pensaréis que aquí acaba todo. Pues no, apenas dos días después nos reuníamos los del grupo del bingo, para organizar el evento en la bolera que hemos alquilado para la ocasión. Premisa: estoy harto de pasar por ahí, porque el bar de Pichuco queda justo enfrente.
Primer error (o segundo) tomar el autobús equivocado. Solucionable si me hubiera bajado a tiempo, pero lo hice una parada después. Y entonces, en lugar de desandar el camino como haría cualquier persona que no sabe dónde está, me dio por aventurarme a "buscar un atajo". No me preguntéis qué camino escogí, si torcí a la derecha o a la izquierda, si norte o si sur, porque cuando me bajé del autobús llovía a mares (segundo o tercer error como imaginaréis es no llevar paraguas ni chubasquero alguno). Consecuencia de este espontáneo temporal fue que ningún osado peatón salió a pasear al perro o comprar la prensa, por lo que mi atajo se convirtió en un interminable infierno...
Hasta que amainó y encontré a dos ciclistas. Con su Iphone me indicaron lo que hacer (para mí que me hicieron dar un rodeo porque tardé en llegar 20 minutos, pero tampoco estaba yo como para desobedecer las órdenes supremas de Google Maps.
Por último la esperada mofa atmosférica, tras más de media hora de intensa tormenta, apenas llego a la bolera para de llover. En Italia me llamarían Fantozzi.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Precaución, amigo conductor!

Llevo 2 semanas utilizando la bicicleta que me prestó Fernando hace 3 meses. Me ha costado, pero lo he conseguido. Y ahora voy en bici a todos lados (menos al cole, que está tan cerca de casa que me daría vergüenza sacar la bici).
Es como un retorno a la infancia, porque con la broma de conducir por la izquierda es como si estuviera aprendiendo a montar en bici otra vez. Con diferencias propias del país, debido a la austral fijación por la seguridad: me he comprado un casco, uso el chaleco reflectante por la noche y el otro día fui a un simpático lugar donde puedes arreglar la bici gratis y le puse un reflector rojo en la parte de atrás.
Fumando la pipa de la paz
De paso, un señor australiano, muy afable y apañao me arregló la cadena, porque no el cambio no funcionaba y ahora me parece que voy en coche, va la bicicleta de maravilla, ¡oiga! Justo a tiempo para afrontar el cruce del puente cuando me mude.
Otro de los sucesos semanales ha sido la rave party del sábado pasado. Los cuatro jinetes del apocalipsis que son mis compañeros de piso irlandeses celebraban la última semana de uno de sus amigos, que regresa al Reino Unido (tantos kilómetros y una misma reina…) y decidieron hacerlo a lo grande: sábado 4 de la tarde, la fiesta comienza con música y cervezas (una caja de 24 tercios). Empiezan a llegar los amigos y las cajas de birras se multiplican. Apenas las 9 de la noche, diez personas y cada uno llevará 3 litros de cerveza por lo menos; más tabaco, lo que no es tabaco y otras golosinas por el estilo.
En ese momento yo me voy al bar de Pichuco que me toca barra (por cierto, una fiesta muy curiosa de un colectivo de lesbianas moteras con espectáculo de lap dance) y a mi regreso a casa a las 2 de la mañana me sorprendo viendo restos de sangre en la cocina y huesos de pollo en el cuarto de baño: Los chavales, que se han peleado de broma y que no sueltan el pollo de Kentucky ni para …
Ojo a la moqueta que resbala
Yo me voy a la cama, que al día siguiente trabajo. Ellos regresan hacia las 4 con poca gana de dormir, así que se salen al balcón, encienden la música y a seguir bebiendo (whiskey, cerveza o lo que se tercie) y saltando encima de uno que se queda dormido en el suelo (versión buñuelo). Por lo visto les dieron las 10 y las 11.
Cuando volví, a las 6 de la tarde del domingo, seguían durmiendo como angelitos, el lunes fue muy duro para los que trabajaban (son todos albañiles, menos uno que es fontanero) y uno está de baja porque se rompió el hombro por una zancadilla de broma. Me reconocieron, aún algo ebrios, que se engancharon una mierda de quinceañeros.

Y a mí, con tanto regreso a la infancia me ha salido una espinilla. Va a ser cierto que los 30 son los nuevos 15. 

viernes, 30 de agosto de 2013

Vacaciones - Segunda parte

Dicen que nunca fueron buenas, por eso empecé mi relato de las vacaciones con todas las desgracias (quien dice desgracias dice desventuras, tampoco seamos ahora negativos). Hoy os hablo del viaje de ida.
En nuestro escasamente planificado viaje (y decir escasamente es decir mucho) nos encontramos con varios problemillas y descubrimos que la improvisación es el mejor aliado del viajero.
Lo más cerca que estuve de bañarme en el Pacífico
Punto número uno, preparando la mochila el último día, por la noche y sin reparar en la climatología prevista se corre el riesgo de llevar demasiada ropa de invierno (os recuerdo que aquí el invierno dura de junio a septiembre) y no contar siquiera con el bañador y la toalla. Pues bien, NUNCA olvides el bañador en Australia, no subestimes jamás el poder del solecito costero. En nuestra primera parada, Port Stephens 25ºC y un sol espléndido, y sólo pude mojarme los pies.
Caminante, no hay camino
Por fortuna, Port Stephens ofrece además las dunas de arena más grandes del Hemisferio Sur (y nos dijo el simpático guía que siguen creciendo y en 20 años alcanzarán los 45km), de la cual (arena, se entiende) se nutren las playas de Hawai y Bali, que la compran al por mayor. Y ¡qué mejor que practicar sandboarding! Una actividad simple que se basa en tirarse por una duna con una especie tabla de surf/snow y acabar lleno de arena hasta donde os podéis imaginar. La idea es genial, no cuesta mucho dinero y las vistas desde lo alto de la duna son una pasada (si tienes suerte hasta puedes ver ballenas migrando hacia el norte) así que nos tiramos por la duna 5 o 6 veces y luego echamos una buena hora y media de fotos y paseo duna arriba, duna abajo. Moraleja: Hannah, que es inglesa, parecía un cangrejo... Estos guiris no saben tomar el sol.
Y después de tanto sandboarding, y tanta duna de arena y tanto sol nos fuimos a un bonito mirador que cae cerca de Nelson Bay, que sería como si dijéramos la cabeza de partido de la región de Port Stephens para contemplar el paisaje e intentar capturar en una instantánea la magia de aquel lugar. Misión imposible, hay que verlo.
Sandboarding o de cómo llenarse el culo de arena en el desierto
Después de un día completito y de una ducha tan necesaria como merecida nos encaminamos a la próxima parada, Port Macquarie, pero antes tocaba hacer noche y para ahorrarnos el camping nos detuvimos en un área de descanso (que tienen baños y a veces grifo para repostar agua) a cenar y pasar la noche. Allí un simpático borrachín del lugar nos ofreció un estofado exquisito que Hannah no sé bien por qué se empeñó en no comer (y casi convence a Silvia con un argumento insostenible, propio de novela de Agatha Christie, algo así como "no acepto nunca comida de extraños, ¿y si está envenenada?"). Pero mejor, porque así tocamos a más.
Podría empezar ahora con Port Macquarie pero entre que es verano y son las fiestas de Baños prefiero redactar una entrada breve y proceder por partes o capítulos.
¡Viva San Ramón!

jueves, 8 de agosto de 2013

La vida en el barrio

A las 5 de la tarde, cualquier domingo del año, cuando el resto de la ciudad pasea o se relaja al sol, hay un recóndito lugar (bueno, en realidad es bastante grande y está en pleno centro) en el que se corre estresado de un lado para otro: Se trata del mercado de fruta y verdura de Chinatown Paddy's Market, en el interior del gran mall (pronúnciese Mol) de Market City.
Para que os hagáis una idea gráfica podría haceros un dibujo, pero el domingo pasado tuve un ratillo para darme un paseo por allí y esto es lo que os traigo:


Bastante tranquilo parece el cruce de Ultimo Road y Haymarket, aunque ya se avisa en los segundos finales el rugido de la marabunta. Para rellenar un poquito entre vídeo y vídeo os contaré que en Market City hay 3 niveles: los bajos, donde está el mercado de fruta y verdura y las tiendas de souvenirs; el primero donde están los restaurantes (kebabs, pizzerías, thai) los chinos, el supermercado, etc; y el segundo, donde están las tiendas y las máquinas recreativas (aquellas por las que Pepe casi pierde el avión en un agónico set de Virtua Tennis). El mercado está abajo, a la izquierda desde el punto de vista de la cámara de vídeo.
Así se encuentra un domingo cualquiera, a eso de las 5 de la tarde:


Se pueden decir muchas cosas, pero no que haya respeto. Por momentos se le olvida a uno respirar no vaya a ser que se desequilibre el reparto de espacio. Y os preguntaréis (digo yo, vamos) ¿por qué? Es domingo, ¿qué necesidad hay de ir a pegarse empujones al mercado, si abre desde el miércoles todos los días de 9 a 5.30? Pues ahí está la respuesta; que el lunes y el martes cierra y, como todo el mundo sabe, la fruta y la verdura que no se vende tiene muy triste final, el cubo de la basura.
Para evitar que esto ocurra, los fruteros y verduleras (o las fruteras y verduleros) hacen gala de sus mejores estrategias de marketing. Los canales, eso sí, no son muy sofisticados; nada de facebook o twitter, el grito pelao que es lo que se ha hecho de tóa la vida.


A la voz de ¡Wandola, wandola, wandola, eh!, (en inglés sería: One dollar, one dollar...) los atareados comerciantes preparan cajas de plástico con aproximadamente un kilo de lo primero que caiga en sus manos (siempre que esté bien maduro).
Los confundidos compradores no hayan más guía que los ocasionales cambios de cantinela: ¡Chiiiipa, chiiiiipa, chiiiiiiiiiiipa! (que traducido, al inglés, claro, sería Cheaper, cheaper...).
Al final, con tanto jaleo, tanto grito y tanta gente, llega uno con la idea de comprar zanahoria y repollo para hacer una sopa y acaba llevándose calabacines y pimientos para alimentar a un regimiento.
Pues nada, oiga, ¡Pisto manchego!