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miércoles, 8 de diciembre de 2021

Vecindad

Seleccionado para publicación en la Antología del III Concurso de Microrrelatos Camp del Túria

No me gusta mi vecino Rubén. Me molesta esa manía suya de agradarme cada vez que me ve. Sube la compra, baja la basura, barre la escalera, trae el periódico, me cede el sitio en el ascensor cuando va lleno…

No paro de preguntarme para qué lo hace. Ni que yo fuera un cobrador de impagos, o peor aún, inspector de hacienda. Sabe de sobra que no puede conseguir nada de mí y me coloca en la difícil tesitura de declinar sus invitaciones a cenar fuera cada jueves. Entendedme, no quiero parecer descortés teniendo en cuenta cómo se porta conmigo.

Al final las acepto y a la vuelta del restaurante procuro bajar la basura, subir la compra, barrer la escalera o dejarle el periódico. Ah, y el próximo día pago yo.

 

martes, 15 de junio de 2021

En la gloria

Ni las zapatillas olvidadas por sus pies descalzos, ni el tablero azul desde el que comenzó esa sensación de caída libre, ni tan siquiera su abuela muerta acariciándole el rostro mientras prepara el desayuno en la casa del pueblo. Nada. Ninguno de los sueños que ha tenido Gloria esta noche la acompañan ya. 

El alba entre los barrotes deja entrar una luz violácea en la celda. Hora de levantarse. Mientras se acomoda la toca sobre el cabello suenan a maitines. Sor Gloria suspira y se santigua. "Si aquel ventanuco fuera azul", sueña...

jueves, 11 de marzo de 2021

La primera en ser la última

- Minerva, no se lo tengas en cuenta, la abuela es del siglo pasado, entonces se pensaba así.

La voz ronca de Diana llegaba a los oídos de su enrabietada hija como un caramelo para la tos, dulce pero insuficiente.

- No la justifiques, mamá, sé de otras abuelas que no piensan así. Por ejemplo, la de Lucía. Y también tiene 120 años.

Minerva manoteaba con frecuencia para dar énfasis a sus palabras y la corriente que generaban sus manos agitaba las cortinas del salón. No era la primera vez que esa fuerza huracanada de la convicción la poseía y Diana se alejó unos pasos y se reclinó sobre el sofá anaranjado a ver la tormenta pasar. Admiraba a su hija y le daba la razón, aunque jamás en público. Tal vez esa manía familiar fuese una herencia de su madre después de todo. La única. La última. 

Saltó del sofá con un ímpetu que sentó de golpe a Minerva sobre la alfombra de cuadros rojos y negros.

-¿Sabes? La abuela es una pionera. - espetó ante la mirada atónita de su hija - Y aunque le pese, la más importante de todas. De entre todas sus batallitas, lo que más destacaba era aquello de que en el 2020, en su primer cumpleaños, el feminismo tenía mucha fuerza y lograba grandes avances en leyes, incluso a nivel educativo. 

La mirada intrigada de Minerva alentó a su madre a seguir con la historia y se sentó en el suelo junto a ella, tomándola de una mano:

- Decía, veinte años después, que le parecía bien que avanzaran, pero que ella en el pueblo no tenía esos problemas, que estaba bien como estaba. Que quién era nadie para juzgarla. Entonces, muchas mujeres la respaldaban, sin embargo del pueblo se fue marchando la poca gente de toda la vida y llegaron matrimonios forasteros, con nuevas ideas. La abuela aceptó los cambios, incluso los educativos, porque no nos impidió ir a la escuela cuando tuvimos la edad. Con todo, siguió convencida de que las cosas estaban mejor antes.

Diana hizo una pausa, miró a los ojos de Minerva y se puso de pie, ofreciéndole su mano para levantarse. Su hija se incorporó sola y le tendió la mano. Entrelazaron los dedos y la mujer prosiguió con la historia:

- Ya era la única en el pueblo que pensaba así, pronto fue la única en todo el país. Recibía llamadas a diario para visitar escuelas, centros comunitarios y espacios de igualdad en los que compartir su visión. Aceptaba siempre y jamás encontró a una sola mujer que estuviera de acuerdo con ella.

Su impaciente hija comenzaba a revolverse y mirar hacia la puerta del salón con desesperación:

- Mamá ¿por qué me cuentas todo esto? No es algo de lo que sentirse orgullosa. ¿Adónde quieres llegar?

Diana asintió y soltó las manos de su hija. La observó de arriba abajo y se imaginó a sí misma 40 años atrás. Suspiró hondamente y retomó el hilo sin mirar a Minerva:

- A finales del siglo XXI, tu abuela me confesó que ya no podía echarse atrás. Había defendido ese orden antiguo, injusto. Ese orden machista. Lo había hecho por mí, por ella, por todas nosotras. Había decidido que sería la primera en ser la última. Ese tipo de pionera que nadie quiere ser. La que refleja los males de la sociedad pasada a fin de que las futuras sigan avanzando. Un museo de viejos patrones retrógrados para recordarnos los progresos realizados. Para evitar la vuelta atrás.

Contra la puerta cerrada se recortaban sus dos figuras, las manos enlazadas y la mirada al frente. Buscarían a la abuela. Tenían mucho que celebrar.


viernes, 15 de enero de 2021

Sabiduría incierta

 

Mi mejor maestro se marchó el año pasado.

Yo, con apenas 20, asistía a sus clases en la universidad Carlos III de Madrid, una sucesión de edificios bajos y naranjas con suelos encerados y aulas pequeñas, salpicado de jardines minúsculos que se rebelaban contra el corte francés al que los sometían.

Antonio caminaba de acá para allá, atendiendo personas, teléfonos y recados. Jamás perdía la compostura ni la sonrisa, y tampoco se le despeinaban sus cada vez menos abundantes cabellos blancos. El traje gris y la camisa blanca, siempre sin corbata, solo en verano sin chaqueta acentuaban su aire intemporal, eterno, capaz de conjugar tradición y modernidad, pasado y presente, como se espera de cualquier profesor de historia.

Lo recuerdo una mañana, acariciando nuestras mentes con su voz calmada. Si hubiera querido, nos habría hipnotizado, como en esas películas distópicas que tanto se llevan ahora, y habría creado un ejército de zombis que conquistara el mundo con el poder de las humanidades entre los intersticios del sistema. Aquella mañana, a primera hora, hablaba con tono monocorde de la incertidumbre actual, agravada desde que dejamos de mirar al pasado, firme, estable y cierto. Explicaba que lo incierto no era el futuro, o más  bien, que esa no era la novedad, que la clave, sin embargo, estaba en… Justo en ese momento me dormí.

Me pasaba a menudo en las primeras clases, especialmente los viernes. Solía luchar contra ello garabateando en mi cuaderno apuntes ilegibles que no trataba de descifrar luego. Con Antonio no me podía resistir. Me arrellanaba sobre la porción de mesa que tenía enfrente y me ocultaba tras las espaldas de la gente de primera fila. Almohadillada la cabeza sobre mis brazos, dejaba que su arrullo me abrigase como una manta de lana sintética, fina y cálida.

A mi lado alguien se encargaba de despertarme si el muro se caía o desplazaba hasta descubrirme. Aquella mañana sentí un suave codazo y con lo que creí mucho aplomo, me incorporé. Agité el brazo en bucle sobre el papel para manifestar que estaba subrayando aquellas sabias palabras. No era capaz de alzar los ojos, aún protegidos de la luz por mis feroces párpados cerrados cuando escuché de nuevo la voz de Antonio:

-        No lo molestes, deja que duerma. Lo necesitará mucho más que esta clase – Y luego, dirigiéndose a mi atónita mirada, ya lúcida, insistió – No te preocupes, descansa.

Nunca quise saber cuál era esa palabra, ese concepto que perdí entre mis sueños. Nunca porque estaba claro que Antonio había logrado que lo comprendiese incluso en sueños. Como todos los grandes maestros me indujo a pensar en la incertidumbre y a asumirla como parte del reposo de los viernes. Una parte fundamental, toda vez que hoy, más de 15 años después, me despierta de la siesta para recordarme que está ahí, presente en el presente.

El coronavirus se lo llevó, maldito sea, el año pasado.

Desde entonces, por incierto que se anuncie el panorama, gracias a ti, Antonio, no lo vivo con congoja.

Nos vemos el próximo viernes.

A primera hora.

martes, 12 de enero de 2021

Bajo una capa de nieve

No se recordaba una nevada similar en los últimos 50 años. Gregorio apuraba el café y podía considerarse afortunado. El televisor de pantalla plana y dimensiones obscenas situado en el esquinazo de la barra continuaba con la triste letanía de accidentes de circulación y muertes por congelamiento que dejaba la borrasca. Huellas también, las que sus botas habían dejado sobre la acera blanca unas horas antes. Y sin embargo, pensó con la cabeza gacha entre los hombros, ni rastro de Leonor.

Como siempre.

Leonor era la procuradora titular en el juzgado. Con equilibrada precisión agilizaba los procedimientos y respetaba los horarios de trabajo, sin perdonar uno solo de sus derechos laborales. No era madre. Tampoco estaba casada ni con pareja estable. Solía decir todo esto seguido, en una retahíla ya monótona, para ahorrarse las preguntas incómodas sobre su vida privada que le hacían sus compañeros cada vez que anunciaba que ejercía su derecho al descanso.

Descanso. ¡Ja! Embutida en un pijama de franela con estampados de estrellas o tirada en el sofá con un libro o una película a medias, así se la imaginaba Gregorio los días en que le tocaba suplirla. Asuntos propios, le decían. Y rezongaba mientras se ataba los zapatos o se abotonaba la camisa, aún con el pelo revuelto y las marcas de la almohada en la mejilla. Sí, estaba seguro, no había nada peor que ser reserva, ya le pasaba en el equipo de fútbol del colegio y por ello pasó su infancia entre pulmonías.

De tanto chupar banquillo.

En el restaurante apenas dos mesas seguían ocupadas. Una pareja algo más joven que él, posiblemente a la espera de que la nieve gentil se detuviera para regresar a casa. La otra era de trabajo, seguro. Cuatro hombres trajeados intercambiaban papeles y cuchicheos entre sonidos agudos de la cubertería de batalla, de grasa y menú diario. Parecían algo mayores, aunque a Gregorio, desde que cumplió los 50 le resultaba imposible distinguirse de prejubilados o sesentones canosos.

Se quedó por unos instantes observando a los cuatro ejecutivos al tiempo que giraba distraídamente la cuchara entre el vacío de la taza de café para engañar a su adicto e hipertenso paladar. A veces también se relamía el bigote repartiendo así el aroma amargo de la lengua.

-Ahora tampoco correrá prisa, digo yo. El que hablaba era el más gordo de los cuatro, al que la apretada corbata le hacía más saltones los ojos. También era el que menos susurraba y de su tez enrojecida se podía intuir alguna copa de vino de más.

-Antonio, no hay que esperar a nada más. Mira por ejemplo la nevada de hoy ¿y si se acabara el mundo? Tú seguirías ahí diciendo que no hay prisa. Seguro que hasta le insistías al mundo para que se esperase tres o cuatro días más. Las risas corearon el comentario y se acompañaron de tragos y palmadas calurosas en la espalda. Tanto que la dueña se acercó a la mesa a pedir silencio. Pensó Gregorio que la dueña del restaurante, doña Lola, se parecía bastante a su maestra de párvulos y le entró frío.

No se recordaba una nevada similar en 50 años y aquella seguramente la vivió en párvulos, pensaba Gregorio. A falta de recuerdos, imaginaba que la maestra los conducía hasta el gimnasio, en el que todos los estudiantes aguardaban a que pasara el temporal entre colchonetas y mantas.

Pensó en los niños y niñas que estarían en clase, o en el comedor escolar ahora. En Leonor y en los demás clientes del restaurante. En doña Lola, la dueña, con su cara arrugada y sus manos curvas fuertes.

La televisión encendida continuaba con el parte meteorológico. Allí mismo, sobre la mesa y con el pico del cuchillo, grabó un abismo, el de esos cincuenta años pasados. Luego, incorporándose despacio con ayuda de las manos, se sacudió las migas de pan y se caló el sombrero, la bufanda y el abrigo.

No se recordaba una nevada similar, pero habían pasado 50 años.

lunes, 23 de noviembre de 2020

Dioni el vinagres

Dionisio hacía vino tinto desde los 16 años. Lo había aprendido todo de sus padres y abuelos, que procedían de generaciones infinitas de viticultores. No era el mejor caldo de la zona, pero tampoco estaba nada mal.

Su vigésimo cumpleaños lo celebró en la bodega con una fiesta a la que vino más gente de la que podía conocer. Entre todas estas personas, Clara, una joven morena y menuda, se le presentó con una sonrisa tímida y un piropo “Eres el festejado, ¿verdad? Pues tienes un vino tan bueno como tú” y se dio media vuelta dejándolo con un remolino de aire.

Durante la vendimia, el aire olía a rojo oscuro y Dioni andaba como ausente. Llevaba las uñas sucias, olvidaba la navaja, desparramaba los racimos por el suelo y no pensaba en nada más que en encontrar a Clara.  Incluso olvidaba fregar las cubas concienzudamente, como solía.

Apenas terminaba la labor, se dirigía a los bares y plazas de los alrededores buscando su pequeña y esbelta figura con la esperanza de volver a escuchar su voz. Esperaba junto al vaso vacío de la mesa, el cuerpo lleno de ese zumo antes tan dulce.

Una soleada tarde de principios de octubre escuchó el crujido de las hojas junto a la bodega. Abandonó el vino en su barrica y se catapultó fuera con el corazón agitado y turbio. Lo que parecían pasos humanos no era otra cosa que dos palomas torcaces revoloteando en un castaño.

Al cabo de seis meses, nadie en la zona reconocía al joven y agradable vinatero, transformado en un avejentado cascarrabias. De aquella barrica de vino olvidada salió un vinagre excelente. Por una cosa o por la otra, quizá por las dos, le pusimos el mote de vinagres.

jueves, 12 de noviembre de 2020

Bruto

Félix canturreaba alegre al son del tableteo de las teclas del ordenador. El ritmo con que sus dedos se apretaban contra el teclado era armonioso y los hombros, un poco inclinados hacia adelante, con la mirada fija en la pantalla remataban la delgada figura del artista inspirado cuando una voz por encima de su cabeza estalló glacial: “Oja se escribe con hache, bruto, corrígelo”.

La parálisis de todas las funciones vitales llevó a Félix al borde de la muerte. Súbitamente cesó la música de salir de sus labios y los dedos erraban torpemente, incapaces de encontrar la letra adecuada. Con un suspiro se dejó caer sobre el respaldo de la silla y miró al techo.

Había una telaraña gris prendida sobre la viga de madera y el escritor descansó su mirada instintivamente a merced del balanceo. Primero los ojos, luego los hombros, luego los dedos, como un baile. Sumido en el movimiento, su cuerpo se reincorporó y encontró de nuevo el teclado.

Poco a poco recuperaba el ritmo y la gracia tan similares, tan distintos. Permaneció en trance durante más de dos horas. Después se levantó de un respingo, pero primero guardó el archivo de su nuevo relato “El viento que arrancaba las haches de las ojas”.