Mi mejor maestro se marchó el año
pasado.
Yo, con apenas 20, asistía a sus
clases en la universidad Carlos III de Madrid, una sucesión de edificios bajos
y naranjas con suelos encerados y aulas pequeñas, salpicado de jardines minúsculos
que se rebelaban contra el corte francés al que los sometían.
Antonio caminaba de acá para
allá, atendiendo personas, teléfonos y recados. Jamás perdía la compostura ni
la sonrisa, y tampoco se le despeinaban sus cada vez menos abundantes cabellos
blancos. El traje gris y la camisa blanca, siempre sin corbata, solo en verano
sin chaqueta acentuaban su aire intemporal, eterno, capaz de conjugar tradición
y modernidad, pasado y presente, como se espera de cualquier profesor de historia.
Lo recuerdo una mañana,
acariciando nuestras mentes con su voz calmada. Si hubiera querido, nos habría
hipnotizado, como en esas películas distópicas que tanto se llevan ahora, y
habría creado un ejército de zombis que conquistara el mundo con el poder de las
humanidades entre los intersticios del sistema. Aquella mañana, a primera hora, hablaba con tono monocorde de la
incertidumbre actual, agravada desde que dejamos de mirar al pasado, firme,
estable y cierto. Explicaba que lo incierto no era el futuro, o más bien, que esa no era la novedad, que la
clave, sin embargo, estaba en… Justo en ese momento me dormí.
Me pasaba a menudo en las
primeras clases, especialmente los viernes. Solía luchar contra ello garabateando
en mi cuaderno apuntes ilegibles que no trataba de descifrar luego. Con Antonio
no me podía resistir. Me arrellanaba sobre la porción de mesa que tenía enfrente y
me ocultaba tras las espaldas de la gente de primera fila. Almohadillada la cabeza sobre mis brazos,
dejaba que su arrullo me abrigase como una manta de lana sintética, fina y
cálida.
A mi lado alguien se
encargaba de despertarme si el muro se caía o desplazaba hasta descubrirme.
Aquella mañana sentí un suave codazo y con lo que creí mucho aplomo, me
incorporé. Agité el brazo en bucle sobre el papel para manifestar que estaba
subrayando aquellas sabias palabras. No era capaz de alzar los ojos, aún
protegidos de la luz por mis feroces párpados cerrados cuando escuché de nuevo
la voz de Antonio:
-
No lo molestes, deja que duerma. Lo necesitará
mucho más que esta clase – Y luego, dirigiéndose a mi atónita mirada, ya
lúcida, insistió – No te preocupes, descansa.
Nunca quise saber cuál era esa
palabra, ese concepto que perdí entre mis sueños. Nunca porque estaba claro que
Antonio había logrado que lo comprendiese incluso en sueños. Como todos los
grandes maestros me indujo a pensar en la incertidumbre y a asumirla como parte
del reposo de los viernes. Una parte fundamental, toda vez que hoy, más de 15
años después, me despierta de la siesta para recordarme que está ahí, presente
en el presente.
El coronavirus se lo llevó, maldito
sea, el año pasado.
Desde entonces, por incierto que
se anuncie el panorama, gracias a ti, Antonio, no lo vivo con congoja.
Nos vemos el próximo viernes.
A primera hora.