Tres días vive una mosca
Distraída la mirada persigo su vuelo hasta perderla
Ligereza y vaivén
Confundida su negrura entre las teclas
se desprotege caminando sobre el papel blanco iluminado
Pícara insiste en la supervivencia
cerca de la montaña diaria de los deshechos
Y aún no ahíta de insidiosas interrupciones
se acerca al cabello y me enreda la mente
con su zumbido.
Escapa de noche a la ira frenética y desnortada
mientras el sueño ronca sobre la ventana limpia.
Dos días vive una mosca
Acompañada e insolente persigue ahora mis pasos
Desequilibrio y ruido
En cada rincón vacío de la jornada
En cada mecánico acto cotidiano
Insiste ubicua
Y embiste
(o son, en plural)
escapistas de ramplones trucos y distracciones
frente a su experta pericia.
Un día vive una mosca
Sin la fuerza bruta
ira y violencia descargada
con un zas en un tris al que sigue el silencio
triste del silbido roto
en la mano cuadriculada de amarilla piel
Nos decimos flexibles, resilientes
con grandes palmadas en férreos hombros
y sin embargo
Ni tres días vive la mosca
en nuestro corazón
Un espacio nacido como diario de viajes que ahora es más un compañero de camino...
jueves, 30 de abril de 2020
miércoles, 29 de abril de 2020
Valiente tú
- Abuela, ¿qué tal estás?
- Hola hijo, pues muy bien. Aquí. Bailando una sardana ¿cómo quieres que esté?
Me encanta seguirle el juego a mi abuela, desde siempre. Ni demencia, ni confinamiento, ni tercera guerra mundial nos lo podría impedir. Desde pequeñito nos fuimos creando una realidad paralela que revivimos y alimentamos un poco en cada encuentro y en cada charla.
- Pues no te he visto yo nunca bailar una sardana, eres toda una caja de sorpresas
- Ah, yo, siempre. He sido muy catalana. Porque mi madre era de Navarra, yo me apellido Yrayzoz, nada menos ¿qué te parece, eh?
- Pues un apellido muy catalán, claro que sí
- De Navarra, porque es el apellido de mi madre, que era de Navarra
La sonrisa se me congela en la boca mientras siento como la saliva sube hasta los ojos y los nubla. Palidezco imaginándola al otro lado del aparato, arrugadita, con la melena casi blanca tras dos meses sin ir a la peluquería. Reacciono tan rápido como puedo y le pido que me cuente aquella vieja historia de cuando era pequeña, que me lleve de vuelta a nuestra realidad.
- Estábamos con mi madre en casa y atamos una moneda a un hilo de pescar, una de esas monedas de 25 céntimos, y nos salimos a la terraza para tomarle el pelo a los peatones. Descolgábamos la moneda desde el balcón hasta que apoyase sobre el suelo y cuando veíamos que alguien se agachaba a recogerla tirábamos del hilo rápidamente y nos reíamos de sus caras, mi madre la primera. Era muy gamberra.
- Anda, ¡qué mala!
- Calla, calla, era una broma de nada. Total, que aparece un guardia con su chambergo gris y su tricornio negro, se acerca a la moneda y mi hermano tira de ella hacia arriba. Empezamos a reírnos y a gritar "guardia, guardia" y él mira hacia el balcón con una cara de mala leche que redobla nuestras risas.
Estoy convencido de que le hubiera propuesto a mi abuela hacer el juego de la moneda y la cuerda si nos hubiéramos quedado juntos en su antigua casa. Hubiéramos visto partidos de tenis grabados de Nadal, Federer, Garbiñe y hasta VHS de Arancha Sánchez-Vicario. Nos despertaríamos con la sintonía de Luis del Olmo a desayunar en su cocina, con su mesita blanca estrecha y su alicatado verde brillante y saldríamos a regar las plantas al balcón. Pero no se me ocurre decírselo, en esa realidad me he quedado solo. Y vuelvo a la nuestra:
- Y ¿qué pasó con el guardia? Porque con esos es mejor no meterse, que te multan
- ¡Que si te multan! ¡Como que se subió el tío a casa! Entramos al salón despúes de recoger la moneda y suena la puerta y allá que va mi madre con mis hermanos y yo detrás de sus faldas, que siempre eran de colores vivos y tacto suave. Abre la puerta y aparece el guardia.
Me encanta esta parte de la historia, cuando interpreta personajes. Casi puedo imaginármela al otro lado del teléfono, irguiendo la cabeza, frunciendo los labios y apretando el mentón contra el pecho para que la voz le salga más grave y luego estirándose digna y severa para hacer la voz firme de una madre defensora no solo de su familia, sino del derecho infantil a la risa
- Buenos días.
- Buenos días, señor guardia, ¿qué desea?
- Señora sus hijos me han insultado y se han reído de mí.
- No señor, los niños estaban jugando en el balcón y riéndose pero no han insultado a nadie.
- Sí, señora, me han llamado "guardia"
- Y, ¿no es usted un guardia?
Con nuestras risas entremezcladas, la respiración al galope y las lágrimas que recorren mis mejillas, solo puedo decirle que su madre fue muy valiente al enfrentarse así al guardia y ella instantáneamente regresa a Navarra y a su apellido mientras tres palabras se me congelan en la garganta cuando nos despedimos.
Abuela, ¡valiente tú!
martes, 28 de abril de 2020
Los días de la paciencia
Despertar
antes de que nazca el Sol
la puerta entreabierta
los gatos maullando
Mensajes
algunos malhumorados
creciente el pulso
bajante la luna
Ciudad
vacías siguen sus calles
azules aceras
la sangre helada
Oficios
La frenética actividad
respiro olvidado
arde la urgencia
Comida
menú gritado en el bar
atragantamiento
pide la cuenta YA
Y vuelta
a ver respirar de lejos
como a cubierto
de los bombardeos
Alarma
regresen a sus hogares
obedecer mudo
obedecer ciego
Confinadas también nos dicen
que hemos de tener paciencia
antes de que nazca el Sol
la puerta entreabierta
los gatos maullando
Mensajes
algunos malhumorados
creciente el pulso
bajante la luna
Ciudad
vacías siguen sus calles
azules aceras
la sangre helada
Oficios
La frenética actividad
respiro olvidado
arde la urgencia
Comida
menú gritado en el bar
atragantamiento
pide la cuenta YA
Y vuelta
a ver respirar de lejos
como a cubierto
de los bombardeos
Alarma
regresen a sus hogares
obedecer mudo
obedecer ciego
Confinadas también nos dicen
que hemos de tener paciencia
lunes, 27 de abril de 2020
La oruga
Se despertó al escuchar un ruido sobre el edredón. Como si hubiera caído de repente sobre la cama una moneda. Soñaba con unos campos de trigo amarillo que se perdían en el fondo del gris horizonte y de regreso a la realidad pensó que tal vez fuese realmente una moneda lo que había caído.
Encendió a tientas la luz y le quemó los ojos la claridad. Nunca se acordaba de cerrar los ojos o mirar para otro lado y la sensación de ceguera le duró unos segundos. Cuando las pupilas se dilataron lo suficiente para ver a su alrededor descubrió sobre la colcha un insecto o gusano que se movía veloz hacia su cara. Volvió el edredón del revés y de un salto se plantó en el suelo, que notó frío sobre sus pies.
A medida que se le amorataban los tobillos y el frío le recorría el cuerpo, iba reuniendo el valor para asomarse entre las sábanas y encarar a la oruga. Con extremado cuidado, hay quien diría asco, tomó la punta del nórdico y la giró despacio. Los estampados burdeos sobre el fondo blanco de la sábana iban dibujando el campo de juegos del insecto sin que hubiera rastro de su presencia hasta que, muy cerca de concluir el giro y apenas a unos centímetros de sus dedos, apareció la oruga.
Un sordo chillido, como el frío suelo, le recorrió relampagueante las cuerdas vocales mientras retiraba la mano como un resorte cuyo gancho se suelta por sorpresa. Ahí estaba. Sabía desde su infancia que las orugas se convierten en mariposas y que su desagradable aspecto, viscoso y blando y su color verde mohoso eran el precio a pagar por la belleza de sus futuras alas.
Y sin embargo, la repulsión se amplificaba a pasos tan agigantados como los de sus numerosas patas con la conciencia añadida de su toxicidad. El miedo, irracional, crecía a doscientas pulsaciones por minuto contra la lógica calmada de sus razonamientos que no paraban de repetir como en un mantra "Es pequeña, invertebrada, frágil, tú eres fuerte".
No era ya una lucha contra el gusano, oruga o lo que quiera que fuese. Era interna. Sus dos mitades, miedo y coraje, asco y determinación se miraban a la cara, plano contraplano, con una música de flauta o piano de fondo que ambientaba el duelo en el cercano oeste almeriense. Por revólver un pañuelo usado que encontró en su bolsillo, la alternativa, mientras la bola del desierto cruzaba su corazón, irse a dormir al sofá y cerrar la puerta del cuarto.
Con insegura lentitud avanzó hacia la alargada y ondulante forma de vida, intentando recogerla en su pañuelo usado. El tacto a través de la celulosa transpirable le produjo un impulso inevitable de rechazo y tuvo que soltarla. La oruga girada boca arriba pataleaba inerme y esa indefensión le infundió ganas renovadas de intentar la captura.
Algunos instantes después, tras menos titubeos y torpes manoteos, yacía de nuevo en horizontal sobre la cama limpia, los ojos como platos y la febril sensación, abandonado el enlosado canal de entrada del frío, de que no iba a regresar a los campos amarillentos de trigo, aunque tal vez el horizonte sí fuera gris.
Encendió a tientas la luz y le quemó los ojos la claridad. Nunca se acordaba de cerrar los ojos o mirar para otro lado y la sensación de ceguera le duró unos segundos. Cuando las pupilas se dilataron lo suficiente para ver a su alrededor descubrió sobre la colcha un insecto o gusano que se movía veloz hacia su cara. Volvió el edredón del revés y de un salto se plantó en el suelo, que notó frío sobre sus pies.
A medida que se le amorataban los tobillos y el frío le recorría el cuerpo, iba reuniendo el valor para asomarse entre las sábanas y encarar a la oruga. Con extremado cuidado, hay quien diría asco, tomó la punta del nórdico y la giró despacio. Los estampados burdeos sobre el fondo blanco de la sábana iban dibujando el campo de juegos del insecto sin que hubiera rastro de su presencia hasta que, muy cerca de concluir el giro y apenas a unos centímetros de sus dedos, apareció la oruga.
Un sordo chillido, como el frío suelo, le recorrió relampagueante las cuerdas vocales mientras retiraba la mano como un resorte cuyo gancho se suelta por sorpresa. Ahí estaba. Sabía desde su infancia que las orugas se convierten en mariposas y que su desagradable aspecto, viscoso y blando y su color verde mohoso eran el precio a pagar por la belleza de sus futuras alas.
Y sin embargo, la repulsión se amplificaba a pasos tan agigantados como los de sus numerosas patas con la conciencia añadida de su toxicidad. El miedo, irracional, crecía a doscientas pulsaciones por minuto contra la lógica calmada de sus razonamientos que no paraban de repetir como en un mantra "Es pequeña, invertebrada, frágil, tú eres fuerte".
No era ya una lucha contra el gusano, oruga o lo que quiera que fuese. Era interna. Sus dos mitades, miedo y coraje, asco y determinación se miraban a la cara, plano contraplano, con una música de flauta o piano de fondo que ambientaba el duelo en el cercano oeste almeriense. Por revólver un pañuelo usado que encontró en su bolsillo, la alternativa, mientras la bola del desierto cruzaba su corazón, irse a dormir al sofá y cerrar la puerta del cuarto.
Con insegura lentitud avanzó hacia la alargada y ondulante forma de vida, intentando recogerla en su pañuelo usado. El tacto a través de la celulosa transpirable le produjo un impulso inevitable de rechazo y tuvo que soltarla. La oruga girada boca arriba pataleaba inerme y esa indefensión le infundió ganas renovadas de intentar la captura.
Algunos instantes después, tras menos titubeos y torpes manoteos, yacía de nuevo en horizontal sobre la cama limpia, los ojos como platos y la febril sensación, abandonado el enlosado canal de entrada del frío, de que no iba a regresar a los campos amarillentos de trigo, aunque tal vez el horizonte sí fuera gris.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)