lunes, 20 de abril de 2020

Escritos VII (parte 3)

(continúa)

Al acercarse a la puerta de la cafetería activó los sensores de la puerta corredera, que impulsaron el movimiento horizontal de retirada de las dos láminas de cristal traslúcido dejando franca la entrada a la luz. A estas alturas, atravesar ese umbral le suponía solo ya la incertidumbre sobre el momento vital al que viajaría y en qué circunstancias mentales y físicas, ya que contaba con abandonar el repiqueteo de su cabeza, así que siguió para adelante a ciegas y se dejó bañar por la luz.

Se sorprendió al verse en el espejo del baño, casi como si no reconociera al individuo que lo observaba entre perplejo y desafiante. Su pelo cuidadosamente revuelto, aparentando despreocupación, una pequeña perilla con bigote como la de Johnny Depp en aquella pésima película que rodó en Italia con Angelina Jolie. Reconoció el jersey de grandes franjas azules y blancas, los pantalones vaqueros azul intenso y las deportivas de casual runner. Era una de sus combinaciones favoritas para su primer trabajo en el centro de llamadas.

Recordaba que había identificado ese estilo informal y moderno cuando el día de la entrevista, encamisado y con pantalones chinos anchos, le tocó esperar en la salita junto al resto de candidatos y pudo observar a través de la pared acristalada el ir y venir del personal. Y en concreto a Toni.

“Bienvenido al paraíso de los vendemotos” fue la bienvenida con que acompañó una palmada en la espalda en su primer día como vecinos de cabina. Le había ayudado a encajar en el ambiente competitivo y amigable del equipo con íntimas y breves charlas en la sala de fumadores, donde el tacto espeso del tabaco consumido, llenaba cada rincón con su caricia rugosa.

Juanfran, el responsable de ventas, es un tiburón azul, pero le encantan las fiestas de empresa y se olvida de las clasificaciones y los ratios de éxito con un par de gintonics al son del reguetón más comercial. Te conviene aceptar el reguetón, pero no promoverlo, hay una fina línea, ¿sabes? Porque si te pasas nunca te llevarás bien con Rudolph, de recursos humanos, se llama Rodolfo pero como hizo un master en Noruega todos le conocemos como Rudolph. Puedes llamarle así, no le importa, de hecho yo creo que lo agradece porque se siente como en la serie esa de los publicistas en la que no pasaba nada.

A cada charla-monólogo, casi sin darse cuenta, se había ido transformando en Toni, bebiendo batidos multicolor en enormes vasos de plástico de usar y tirar y cortándose el pelo en una barbería moderna, de esas llenas de palabras inglesas en tipografías antiguas sobre chapas de latón lacadas en blanco o negro. Por ese mismo camino se veía cada vez más lejos de sí mismo y pensándolo bien, ¿cuándo había estado cerca de sí mismo?

El parpadeo de la bombilla que colgaba del espejo lo devolvió al cuarto de baño y a esa mirada perpleja devuelta por su propia imagen, casi recordándole que estaba lavándose la cara y las manos que traía sucias de haber estado preparando el bizcocho para la tarta de cumpleaños de su sobrina. Mientras se secaba las manos reparó en la esquina inferior del espejo.

Oculta entre los inútiles cepillos de dientes y los dentífricos secos y destapados asomaba una foto amarillenta y un poco humedecida. Retiró el vaso con toda la instrumentación de higiene dental y tomó la imagen entre sus manos. Un joven de ojos verdes, peinado a raya con un brillo excesivo del cabello, posiblemente debido a la gomina le sonreía y guiñaba un ojo que, tras el forzado parpadeo, se le mostraba gris oscuro.

domingo, 19 de abril de 2020

Escritos VI (parte 2)

(continúa)

Atravesó como una exhalación el pasillo repartiendo adioses y recibiendo que vaya bienes, giró el pomo de la puerta principal y no reparó en que éste era redondo y no de manilla, como el que tenía en su casa de la infancia. Pero no tardó en retroceder mentalmente hasta ese momento y recordar la forma del pomo, ya que se encontró en el rellano de su residencia de estudiantes.

Un amplio espacio enlosado sobre el que confluían cinco puertas blancas con diferentes notas, fotos y portadas de revistas musicales tan oscuras que las mismas puertas parecían restos de carteles despegados del muro de un edificio.

Frente a la escalera que daba a la calle de atrás de la residencia estaba el ascensor. Lo tomó porque recordaba un espejo dentro de él y no creía que lo hubiese en ninguno de los tramos de escalera. Ahí estaba, con una camiseta y unos pantalones tres tallas más grandes de lo normal, una cadena colgando del bolsillo a una de las trabillas y el pelo apenas un dedo por encima del cráneo. Exactamente igual que sus compañeros de viaje a ambos lados del ascensor, cuya imagen vio reflejada en el espejo con su cara superpuesta a sus cuerpos sin que le desentonase nada.

Al llegar a la cafetería le inundó un aroma chillón de juerga y sus oídos saboreaban palabras al vuelo que hacía mucho tiempo que no le eran familiares, "Tengo un cebollón...", "... unos calis en la...", "...conseguido una ficha de... ", "... en el Excalibur", "...tío, la que te perdiste...", "...es un máquina del...", "...la de farmacia este jueves". Era el sabor de la despreocupación, pero su acidez le revolvía las tripas por dentro.

Lo comprendió todo al ver la sonrisa cómplice de Tec y Farsul. Debía ser viernes al mediodía y no habría dormido más de 3 horas, seguro que en un camarote estrecho de un carguero mercante del siglo XIX en mitad de una tormenta histórica. Exactamente esa era la sensación:

¿Qué pasa, loco? - preguntó Tec con malicia - ¿Ha habido movimiento en el Airbus?

Los tres se rieron, Farsul y Tec con ganas y él, con una sonrisa coaccionada, les pidió que se dejaran de coñas marineras y aéreas. Necesitaba tierra desesperadamente. Recordaba bien aquel episodio: las risas previas, el botellón en la plaza, las bandas desafiándose y toda la adrenalina arremolinada a su alrededor.

Se llevaron una buena esos capullos - exultaba Farsul justo cuando abandonó los recuerdos para incorporarse a la conversación - Y tú estuviste mítico, real, puro... ¡TNT, tron!

Sus risas huecas resonaban en toda la cafetería pero también en su interior como un eco que levantaba el dolor desde lo profundo de sus entrañas hasta el mismo centro del cerebro: "Bueno, sí, no estuvo mal - admitió - pero nada que ver con el sábado pasado, ¿eh?"

Entre los aplausos y las risotadas esperpénticas un relámpago de lucidez lo sacudió por dentro y pensó que ahí estaba la clave. Despegado de sí mismo se vio alejándose hacia la salida mientras el resto se quedaba allí rememorando tiempos recientes a la vez que pasados, hechos que parecían ahora irreales aunque se presentaran crudos en una sucesión de imágenes mentales que le recordaban a un videoclip de Wu Tan Clan.

(continuará)

viernes, 17 de abril de 2020

Escritos V (parte 1)

Hacía más de 20 años que no se miraba al espejo y temía haber olvidado sus facciones. La última vez fue en aquel cumpleaños familiar al que según toda la familia no podía ir con esas pintas de pordiosero. Se colocó frente al lavabo con la mirada fija en aquellos ojos verdes que se oscurecían con cada pegote de gomina y cada tirón de peine. La raya a un lado, camisa blanca, cara bien afeitada aunque su barba no tuviera ni si quiera los tres tristes pelos de la canción, pantalón de pinza y zapato oscuro, casi ortopédico para sus plantas acostumbradas a las destartaladas deportivas grises. Esa fue la última mirada, y no era él.

Veinte años después ahí estaba de nuevo frente al espejo en la media mañana de un domingo de vacaciones, algunas canas asomando rebeldes entre el pelo enredado y dos rayas horizontales perfectamente irregulares horadando lentamente su frente. Una barba poblada y rala a la vez, que quizás con un arreglo aquí y allá le daría un aire de espadachín del siglo XVI (o XIX), la camiseta descolorida y con el cuello estirado en un improvisado escote, un chandal de esos que llamarían vintage y acentuaba su atemporalidad y sus perennes zapatillas grises, nuevo modelo lo más parecido posible a las anteriores, que había tenido que tirar porque el agua de la lluvia se filtraba a través de la suela y le empapaba los calcetines. Una pregunta le bombeaba el alma a cada detalle que su imagen le devolvía: ¿quién soy yo?

Abrió la boca en un bostezo y se dejó llevar por el sonido y la amplitud de la mueca hasta cerrar los ojos. Cuando cerró la boca de nuevo notó un sabor extraño, como a mermelada de naranja y pensó que serían los efectos de la resaca porque no probaba la naranja ni en refresco desde que se marchó de casa. Lentamente levantaba los párpados, paladeando aún ese dulzor cuando un sonido llamó su atención detrás de la puerta. Se acercó curioso al picaporte dorado y le pareció extraño, porque lo recordaba redondo y no de manilla y lacado en blanco, como la puerta que sin embargo era de madera.

Cuando apareció su hermana al otro lado, en el pasillo, todo cobró sentido de repente: "vamos, sal ya, que tengo que hacer pis. No sé por qué tardas tanto si ni siquiera te peinas". Salió al pasillo y escuchó al fondo a su madre y su abuela gritándole a la televisión mientras el aroma del café recién hecho le dilataba las narices y pensaba que era muy curioso cómo la gente se confunde de sentido y cree que despertarse es abrir los ojos.

Se dirigió a la cocina y mecánicamente, como para comprobar que todo era como se lo esperaba preguntó si su padre había salido ya. "Pues claro, son las ocho y media" le contestó su madre y casi automáticamente también, como si ella estuviera representando su papel agregó: "venga, que no llegas a clase. Y despierta a tu hermano, por favor".

Mientras regresaba al dormitorio de su infancia y adolescencia, un cuarto estrecho con cama nido de madera clara y escritorio amplio a juego junto a un armario blanco claramente insuficiente para dos gemelos en plena socialización, pensaba qué camiseta le "tomaría prestada" a su hermano antes de despertarle y se sorprendió de haber olvidado completamente el extraño viaje en el tiempo que estaba sufriendo.

"Cualquiera menos la verde oscura con las letras amarillas" le gruñó su hermano entre dientes mientras luchaba por mantener los ojos cerrados ante la explosión de claridad que convirtió sus párpados negros en rojo sangre. "No voy a cogerte ninguna camiseta, no sé por qué piensas que lo haría sin preguntarte" le respondió sonriendo mientras cogía la camiseta verde de la parte baja del montículo y revolvía toda la ropa del estante. "Me voy que no llego, dice mamá que te levantes" le espetó a modo de despedida.

(continuará)

jueves, 16 de abril de 2020

Escritos IV

Vivir en sociedad es como hacer un guiso invernal, con frío sienta de maravilla y casi cualquiera te lo comes, pero la receta perfecta no existe. Cada cual tiene su propia receta y nunca nos gusta mucho ninguna excepto la nuestra (o como mucho la de la abuela).

Lo primero en lo que no llegamos a acuerdo son los ingredientes: que si yo le pongo laurel, que si yo hierbabuena, que si codillo mejor que morcillo, berza vs grelos, o tocino en vez de unto. No es dificil ver el símil, teniendo en cuenta las infinitas discusiones y debates, no solo políticos, sobre la inmigración, la delincuencia, la economía o el paro, aquí algunas frases para la reflexión: "los hay que vienen a trabajar, legales, esos bien, los que vienen a robar que se vuelvan a su país", "la pena de muerte no, pero la cadena perpetua, eso sí porque eso de la reinserción es un camelo", "libre mercado vs nacionalización", "un buen pelotazo inmobiliario y verás como hay trabajo de sobra".

Y claro, sobre esta frágil base cuyo único ingrediente común tal vez es el agua, se construyen más y más divergencias, ahora sobre las cantidades porque hay quien lo prefiere más salado o más soso, quien no soporta que se note el apio o quien en lugar de uno echa dos puñados de judías verdes. Siempre sobre los mismos temas anteriores, algunas frases más para la reflexión: "bueno, que vengan, pero algunos, que aquí no cabemos todos", "yo me pongo una alarma que dicen (los anuncios y cuñas publicitarias, se entiende) que roban mucho", "yo no pago impuestos, mi trabajo es para mí, no para sostener a vagos", "no quiero estar de alta, que estoy cobrando la ayuda".

Si os parece poco el (¡qué apropiado!) desaguisado, seguiremos viendo que tampoco en los tiempos y soportes hay acuerdo, porque mientras alguien lo deja dos horas en olla al fuego, otra persona toda la mañana en cazuela de barro, por no hablar de quien lo hace en 10 minutos en la olla exprés o quien en recipiente más pequeño, cuela la mitad y le añade más agua. Aún a riesgo de parecer insistentes, volvemos a la analogía: "Vamos a acoger a los 17.337 refugiados a los que nos hemos comprometido", "ya vale eso de que estén en la cárcel a pensión completa sin hacer nada todo el tiempo", "la crisis hace urgente y necesaria la reforma laboral, inmediatamente", "otra vez se prorrogan los presupuestos generales del estado"

Podríamos  seguir eternamente, que si el orden en el que se añaden los ingredientes, que si los "trucos" de cada quién para potenciar el sabor (del mismo modo que los eslóganes "los españoles primero", "si facilitamos una exención fiscal para los autónomos...") y así sucesivamente, pero la idea ha quedado expuesta, por lo que nos acercamos al cierre.

"Recetas" hay tantas como personas y el "cocido" de la convivencia nunca va a saber como el de nuestras abuelas y por mucho que nos empeñemos el ingrediente fundamental que usaban eran sus años de experiencia. Al mismo tiempo, no creo que convenga cocinar como nos enseñan sin ir un poco más allá y añadir a esa experiencia otros ingredientes (la solidaridad, la diversidad, el amor) en cantidades abundantes y durante el tiempo que haga falta para que puedan descubrirnos sabores nuevos, ¿habéis probado a echarle jengibre a la sopa?