A Mara y Nicolás
Mara es una gran dormilona y se pasa días enteros en la cama.
En su casa piensan que es una niña muy tranquila pero a veces se preocupan porque se duerme en cualquier momento.
Una vez estaba comiendo un plato de arroz con tomate y se le puso la cara colorada porque se quedó dormida sobre él.
Un día, su mamá decide preguntarle: "¿Por qué duermes tanto, Mara?"
"Porque me encanta soñar y sé que los sueños se cumplen" le responde tranquilamente.
Mara tiene un primo que se llama Nicolás y vive en un lugar muy lejano.
Curiosamente, Nicolás también duerme mucho y pasa días enteros en la cama, igual que su prima.
El papá de Nicolás tiene muchas ganas de viajar con él a casa de Mara para que puedan jugar pero todavía no lo ha conseguido.
La mamá de Mara y el papá de Nicolás son hermanos y siempre están lamentando que los primos no se conozcan.
Un día, su mamá le preguntó: "Mara, ¿te gustaría conocer a tu primo Nicolás?"
Y Mara le respondió: "Mamá, lo conozco hace mucho tiempo, jugamos todos los días en nuestros sueños"
Una tarde, su papá le preguntó: "Nicolás, ¿te gustaría conocer a tu prima Mara?"
Y Nicolás le respondió: "Papá, ya nos conocemos, jugamos todos los días en nuestros sueños y los sueños se cumplen"
La mamá de Mara y el papá de Nicolás se alegran de que los primos se conozcan pero duermen poco y no saben soñar.
"¡Tengo una idea!" dice la mamá de Mara
"¡Yo también!" dice el papá de Nicolás
Justo antes de que se quede dormida en el sofá, la mamá de Mara le dice: "Mara, ¿podemos dormir la siesta juntas y visitar a Nicolás en sueños?"
Justo antes de que Nicolás se quede dormido en el sillón, su papá le dice: "Nicolás ¿podemos dormir la siesta juntos para soñar y jugar con Mara?"
Unos minutos después, Mara y Nicolás están jugando en la playa a construir un castillo de arena, mientras su mamá y su papá toman el sol con una sonrisa en la cara.
Cuando se despiertan, están más felices, porque gracias a Mara y a Nicolás ahora saben que los sueños, si lo deseas, se cumplen.
Un espacio nacido como diario de viajes que ahora es más un compañero de camino...
jueves, 23 de abril de 2020
miércoles, 22 de abril de 2020
Panel de edición
La configuración de la entrada dejaba mucho espacio a la imaginación. Un simple portalón con tejadillo y felpudo marrón claro. De las miles de posibilidades podría ser una cualquiera; residencia veraniega, casa familiar, tienda de frutos secos y encurtidos, agencia inmobiliaria...De entre tantas opciones, elegimos la tienda para continuar, sin duda por nuestra particular inclinación a la palabra y el concepto de encurtidos, que nos entretenía en los largos viajes imaginándonos verdes aceitunas y pepinillos con chalecos de cuero y ceñidas botas de piel.
Así que atravesamos el umbral y nos acercamos al mostrador para ver las etiquetas. Nunca nos gustaron las aceitunas, aunque no podríamos vivir sin el aceite de oliva virgen extra, sin embargo nos apasionaba mirar sus precios por el añejo sabor de los números en rojo brillante sobre el fondo blanco con la variedad escrita a veces a mano con un rotulador permanente, de esos que necesitan ser repasados permanentemente para que no se le borre la información.
Nuestros ojos perseguían cada rincón de la vitrina escrutando cada detalle como los satélites de geolocalización en busca de la ubicación de la Gordal deshuesada. Ver la montaña ovalada de piedras verdes nos teletransportaba a los Picos de Europa y nunca supimos por qué, pero no le dábamos ninguna importancia gracias al aire fresco que nos refrigeraba los pulmones en esos momentos.
Aunque temíamos el momento, nuestro enlace permanente con la vasija metálica de las aceitunas nos impedía escuchar la amable voz que hacía ya unos minutos nos daba la bienvenida a la tienda y, con un timbre educado en las más antiguas escuelas de marketing de la humanidad, los mercados ambulantes, nos ofrecía dos esmeraldas con denominación de origen.
Habíamos ensayado este momento quinientas veces desde la última vez que entramos en una fábrica de encurtidos y nos llevamos diez quilos de aceitunas arbequina mientras observábamos al responsable programar el prensado mecánico y escuchábamos las sugerencias para obtener "unos dos litros de aceite de oliva virgen extra de calidad insuperable con aromas frutales". No fuimos capaces.
De entrada teníamos previsto declinar el ofrecimiento con un simple muchas gracias, reservando la excusa para casos de insistencia. Ahí empezaba nuestra batería de historias inverosímiles, entre las cuales destacaban nuestras 3 favoritas, el clásico "ya hemos comido", que causaba el mismo asombro a las 11 de la mañana que a las 6 de la tarde y que se llevaba la medalla de bronce de las justificaciones y nuestras flamantes campeona y subcampeona excusiles:
En segundo lugar estaba la denominada excusa gallega, que apodábamos así por obedecer al tópico de responder preguntando. De este modo, nuestra excusa era tan sencilla como esta "¿Nos las podemos guardar para llevar?" Y si esto de por sí generaba una mirada de través, nos proponíamos agregar "porque ya hemos comido", realizando un combo que podría incluso superar a la excusa número uno y desencajar completamente la sonrisa ya borrada de cualquiera al otro lado de la vitrina.
Nuestra favorita, pues ya que no fuimos capaces de hacerlo, tanto vale compartirla, consistía en aplicar un cambio de roles con la mayor naturalidad posible y responder al ofrecimiento con un simple "lo sentimos pero vamos a cerrar y no atendemos pedidos ya". Se nos escapaban las carcajadas del cuerpo cada vez que pensábamos cómo nos responderían a esto y no podíamos parar de temblar.
Pero ninguno de nuestros planes pudo llevarse a cabo y terminamos por conformarnos con la vista previa de todos ellos en nuestra imaginación mientras agradecíamos con la boca llena la aceituna y nos despedíamos con la urgencia de haber aparcado el coche en doble fila para poder escupirla a la salida y lavarnos la boca del encurtido sabor a derrota.
No nos gustan las aceitunas, pero no lo íbamos a publicar.
Escritos IX
No es que sea yo un gran amante de la actualidad, de hecho
me considero bastante desconectado de todo lo que acontece en el mundo. Aun
así, acudo puntual a mi cita con las noticias cada dos o tres semanas y me
sorprendo de cuántas historias nuevas aparecen y qué pocas siguen en el
candelero pasados sus quince minutos de fama.
Debo reconocer que en estos tiempos de pandemia y
confinamiento, por incertidumbre o aburrimiento, acudo más a la prensa y me leo los artículos de cabo a
rabo, sorprendiéndome en esta ocasión de la consistencia e insistencia en la
misma historia, como si no sucediera nada más que la cuarentena y la célebre “guerra
al bicho”. Ansío ver cuánto quedará del virus en un par de meses.
Entre la mucha hojarasca política que se puede leer, también
hay en ocasiones artículos interesantes y estampas humanas que nos acercan y
universalizan sentimientos y vivencias comunes a muchas de las personas que nos
encontramos encerradas solas o acompañadas en nuestros hogares grandes o
pequeños.
Una de mis historias favoritas, que ya he visto aparecer en
varias ocasiones, es la del mito del autoconocimiento confinado. Hay
numerosísimas propuestas y ejemplos de la utilidad de este momento de reclusión
obligada para realizar un barrido no solo de la casa sino del cuerpo, hogar del
alma, en busca de esa chispa que nos responda a las célebres preguntas
(¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿existe la felicidad?, etc).
Por supuesto, cualquier momento es bueno para hacer un
ejercicio de autoanálisis que ayude a conocerse y comprenderse mejor, si bien
las situaciones críticas deberían poner este ejercicio en cuarentena de
fiabilidad, creo yo, por dos razones fundamentales: en primer lugar porque se trata
de un contexto extraordinario y en segundo lugar porque no creo que se haga
sinceramente.
Empezaré por la segunda. En incontables artículos, cadenas
de mensajes y memes he leído de alguna manera la frase: “aprovecha el
confinamiento para dedicarte tiempo y descubrirte, déjate sorprender por quien
eres y otras sentencias inspiradoras”, pero nadie comparte ese proceso. Me
pregunto si la invitación la hacemos para evitar el enfrentamiento y si tan
poco queremos a nuestros semejantes como para desearles algo que no estamos
haciendo.
En cuanto al contexto, es evidente que la crisis es
oportunidad, como ya nos han repetido hasta la saciedad los miles de ponentes
de Ted Talks que se multiplican por el mundo a tanta velocidad como las teorías
conspiranoicas sobre el origen del coronavirus; pero no solo. La crisis, también
es peligro.
Y en momentos de peligro nuestras tendencias suelen ser más
conservadoras, lo cual es lógico y funciona porque, por ejemplo, si corro
peligro de contagiarme, mejor me quedo en casa (si salir a pasear me puede
implicar una multa, mejor me quedo en casa). Por ello, cualquier análisis o
revisión profunda que se quiera hacer, no va a ser lo que se dice “un paseo” ya
que nos invita a reconocer todos los obstáculos que nuestro miedo al peligro
nos ponga en el camino.
Eso sí, habrá muchas cosas que desde el primer día que nos
confinamos prometimos que cambiaríamos en cuanto esto terminase. Yo creo que
esas tardaré más en cambiarlas que aquellas que ya he empezado a cambiar
durante el proceso.
lunes, 20 de abril de 2020
Aforismos
Los libros apilados que no respiran se mantienen firmes como soldados que obedecen al orden.
Respiramos al día tantas motas de polvo que mezcladas con el agua nos hacen ser de barro.
Internet es el nuevo dios de la ubicuidad, vigilante de nuestros trabajos sisíficos por intentar burlar a la muerte.
Con las plantas guardamos en común la irrefrenable necesidad de mantenernos erguidas. Con los árboles, además de esa, la de dar fruto.
El cuco no es tan pájaro como para saber cuándo callar.
Si el espacio se midiera en horas, minutos y segundos, ninguna ciudad ocuparía más de dos días.
La casa escucha por las ventanas, toca por las paredes, observa por las puertas, bebe por los grifos y huele por la chimenea y así los pisos no huelen.
Celebrar el cumpleaños es un castigo digno del Tanatos más revanchista.
El Sol que se cuela en la casa iluminándola es la mejor prueba de que los fantasmas existen.
Sí hay más ciego que el que no quiere ver, quien cree que lo ha visto todo.
Los bigotes de un gato son el pentagrama de las composiciones musicales.
Cada vez que veo una mosca caminando sobre la mesa me invaden pensamientos de altos vuelos.
La burocracia es, lingüísticamente, el afrancesamiento de la antigua Grecia.
La humedad es una novedad fumante.
¿No os ocurre que cuando se menciona la palabra diálogo se termina la conversación?
Las costuras son apretados lazos de unión que se rasgan con el uso y revelan la tela que había debajo.
El metro es la confirmación práctica de nuestro enterramiento en vida.
De la atracción hacia lo oscuro hasta ver la luz al final del túnel hay, como mucho, un par de sueños.
El granizo en abril son las migas que se sacuden del trapo después de limpiar la mesa del comedor.
Si el caracol corriera como un galgo, hablaríamos de la perseverancia con un tono frenético.
Respiramos al día tantas motas de polvo que mezcladas con el agua nos hacen ser de barro.
Internet es el nuevo dios de la ubicuidad, vigilante de nuestros trabajos sisíficos por intentar burlar a la muerte.
Con las plantas guardamos en común la irrefrenable necesidad de mantenernos erguidas. Con los árboles, además de esa, la de dar fruto.
El cuco no es tan pájaro como para saber cuándo callar.
Si el espacio se midiera en horas, minutos y segundos, ninguna ciudad ocuparía más de dos días.
La casa escucha por las ventanas, toca por las paredes, observa por las puertas, bebe por los grifos y huele por la chimenea y así los pisos no huelen.
Celebrar el cumpleaños es un castigo digno del Tanatos más revanchista.
El Sol que se cuela en la casa iluminándola es la mejor prueba de que los fantasmas existen.
Sí hay más ciego que el que no quiere ver, quien cree que lo ha visto todo.
Los bigotes de un gato son el pentagrama de las composiciones musicales.
Cada vez que veo una mosca caminando sobre la mesa me invaden pensamientos de altos vuelos.
La burocracia es, lingüísticamente, el afrancesamiento de la antigua Grecia.
La humedad es una novedad fumante.
¿No os ocurre que cuando se menciona la palabra diálogo se termina la conversación?
Las costuras son apretados lazos de unión que se rasgan con el uso y revelan la tela que había debajo.
El metro es la confirmación práctica de nuestro enterramiento en vida.
De la atracción hacia lo oscuro hasta ver la luz al final del túnel hay, como mucho, un par de sueños.
El granizo en abril son las migas que se sacuden del trapo después de limpiar la mesa del comedor.
Si el caracol corriera como un galgo, hablaríamos de la perseverancia con un tono frenético.
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