Aburrimiento
recuerdos de una infancia
contando horas.
La primavera
espera que salgamos
a disfrutarla
pero la casa
es una prisión grande
muy aburrida.
Edad adulta,
horas que vuelan, tarde
para aburrirse.
La primavera
dura un leve suspiro
mientras trabajo
y recuerdo bien
cuando me aburría
de pequeñito.
Niños y niñas
recorren nuestra pieza
insoportables
y yo, envidio
el tiempo que disfrutan
aburriéndose
hasta verano,
otoño, invierno y
primavera de
nuevo, en un ciclo que
es un bostezo:
aburrimiento.
Un espacio nacido como diario de viajes que ahora es más un compañero de camino...
jueves, 16 de abril de 2020
martes, 14 de abril de 2020
Escritos II
Todas las mañanas se despertaba despacio y, sin saber cómo,
encontraba su cabeza a los pies.
Vagamente, mientras se desperezaba y probaba
sin éxito a abrir los ojos repasaba la noche anterior, si se había levantado
incontinente o sediento, si algún insecto zumbador lo desvelaba, si los ruidos
atronadores de la escalera en el silencio alarmaban su instinto…
Pero nada podía recordar de cómo había acabado enrollado sobre
sí mismo, el cabecero y la almohada tan lejanos.
El siguiente paso era estirarse en la cama, uno de esos
placeres que procuraba concederse cada día, si el despertar no conllevaba
sobresaltos. Alargaba sus extremidades, primero hacia delante y luego hacia atrás,
primero en la cama, en un ejercicio casi yógico, y luego, de un salto, de nuevo
se estiraba en el suelo.
Salía del cuarto sin mirar atrás, las mantas revueltas y la
ropa por los suelos poco le importaban aunque a veces olisqueara la ropa
interior alejando velozmente su nariz en el primer intento y regresando con
cautela para darle una segunda oportunidad.
Ya en el pasillo, dirigía sus pasos con firmeza al balcón,
la terraza, la puerta y cada una de las ventanas en un ritual diario tal vez
inútil puesto que esa ronda cerciorándose de que todo estuviera cerrado tendría
más sentido hacerla antes del sueño y no después. Se lavaba la cara con una
mano tres o cuatro veces hasta que sintiera sus ojos perfectamente abiertos y entonces
se enfrentaba abiertamente a la luz que atravesaba las ventanas.
En ocasiones, a la ronda le precedía una descarga del orín
nocturno tras la cual jamás se lavaba las manos, otras veces, sin embargo, la
dirección que tomaban sus pasos era la del desayuno: un tazón de cereales y un
vaso de agua componían el frugal festín que nunca se terminaba, dejando siempre
una parte para hacer un alto en la jornada, a eso de las 11:30.
Si no había nadie más despierto, regresaba al cuarto y con su alegre ronroneo me acercaba los bigotes a la cara hasta que me hacía cosquillas y no me quedaba más remedio que susurrar a medio sueño un gruñido ininteligible y un ¡quita gato!
lunes, 13 de abril de 2020
Escritos I
Ayer me propuse escribir un poco cada día y a falta de libreta, bueno es este cuaderno telemático.
Es curioso que ayer, en medio de la naturaleza (bien entendida), el piar constante y armonioso de los pajaritos me animaba a la escritura mientras hoy, releyendo la última publicación de este blog (del lejano 2016) me inspira la alquitranada respiración de la ciudad, de otra naturaleza.
Entonaba entonces con mis afinadas cuerdas vocales un réquiem por el teléfono móvil (uno más) que era y es símbolo aún hoy de la ubicuidad en la que frenéticamente pastamos. Ayer disfrutaba lejos de ese práctico cacharro de una relajada meditación bañado por el sol de primavera, que aprieta pero no ahoga.
En estos años la transición ha sido/es (y posiblemente será) de lo urbano a lo rural. Lenta, incompleta, paradójica, intermitente.
Lenta como el pasar de las horas contemplando la hierba de los campos mecida por el viento, en una de esas estampas nostálgicas de una época que jamás vivimos y que tanto nos gusta leer calmadamente sobre nuestros sofás bajo una lámpara de intensidad regulable, pero no tanto vivir con la constante visita de los mosquitos a nuestros flojuchos brazos de oficinista bajo un sol intermitente que les ilumina sus mordiscos más apetitosos.
Incompleta como cada proceso vital que no se sabe muy bien cómo ni cuándo ni dónde empieza y al que por lo tanto raramente se le puede vislumbrar un final cualquiera, aunque no sea feliz. Aunque hilando se pueden encontrar sus orígenes en la búsqueda de algo diferente que lo mismo te lleva a aprender francés en Bruselas que a reinventarte como marketing strategist en Baños de Montemayor, a conocer mil y un detalles sobre el anarquismo español en los archivos de la Resistencia Italiana o a preparar conservas de tomate frito y mermelada con la sombra mohosa del botulismo como inseparable compañera.
Paradójica como venir al campo a trabajar con el ordenador, gastar más dinero en gasolina que nunca pretendiendo ser más ecológico, aprenderlo todo sobre plantar hortalizas a través de videos de internet o descubrir influencers de la vida retirada que publican en instagram sus trucos para reutilizar, reducir, reciclar, revisar, reponer y hasta reescribir la historia ancestral de tantas vidas unidas al campo en la satisfacción y en el sacrificio.
Intermitente, no por falta de ganas, sí para mantener el vínculo. A fin de cuentas, tal vez el desarraigo se sufra igual en la ciudad aunque el hormigón espeso no nos deje en apariencia echar raíces. Trasplantar, ahora lo sé, requiere de muchos cuidados iniciales pues el cambio de la tierra y las condiciones atmosféricas es un momento crítico para el arraigo. Tras ello, quizá, las hojas, flores y frutos broten cada año con la naturalidad con la que este teclado, también intermitente, hace brotar estas palabras.
Mañana más.
Es curioso que ayer, en medio de la naturaleza (bien entendida), el piar constante y armonioso de los pajaritos me animaba a la escritura mientras hoy, releyendo la última publicación de este blog (del lejano 2016) me inspira la alquitranada respiración de la ciudad, de otra naturaleza.
Entonaba entonces con mis afinadas cuerdas vocales un réquiem por el teléfono móvil (uno más) que era y es símbolo aún hoy de la ubicuidad en la que frenéticamente pastamos. Ayer disfrutaba lejos de ese práctico cacharro de una relajada meditación bañado por el sol de primavera, que aprieta pero no ahoga.
En estos años la transición ha sido/es (y posiblemente será) de lo urbano a lo rural. Lenta, incompleta, paradójica, intermitente.
Lenta como el pasar de las horas contemplando la hierba de los campos mecida por el viento, en una de esas estampas nostálgicas de una época que jamás vivimos y que tanto nos gusta leer calmadamente sobre nuestros sofás bajo una lámpara de intensidad regulable, pero no tanto vivir con la constante visita de los mosquitos a nuestros flojuchos brazos de oficinista bajo un sol intermitente que les ilumina sus mordiscos más apetitosos.
Incompleta como cada proceso vital que no se sabe muy bien cómo ni cuándo ni dónde empieza y al que por lo tanto raramente se le puede vislumbrar un final cualquiera, aunque no sea feliz. Aunque hilando se pueden encontrar sus orígenes en la búsqueda de algo diferente que lo mismo te lleva a aprender francés en Bruselas que a reinventarte como marketing strategist en Baños de Montemayor, a conocer mil y un detalles sobre el anarquismo español en los archivos de la Resistencia Italiana o a preparar conservas de tomate frito y mermelada con la sombra mohosa del botulismo como inseparable compañera.
Paradójica como venir al campo a trabajar con el ordenador, gastar más dinero en gasolina que nunca pretendiendo ser más ecológico, aprenderlo todo sobre plantar hortalizas a través de videos de internet o descubrir influencers de la vida retirada que publican en instagram sus trucos para reutilizar, reducir, reciclar, revisar, reponer y hasta reescribir la historia ancestral de tantas vidas unidas al campo en la satisfacción y en el sacrificio.
Intermitente, no por falta de ganas, sí para mantener el vínculo. A fin de cuentas, tal vez el desarraigo se sufra igual en la ciudad aunque el hormigón espeso no nos deje en apariencia echar raíces. Trasplantar, ahora lo sé, requiere de muchos cuidados iniciales pues el cambio de la tierra y las condiciones atmosféricas es un momento crítico para el arraigo. Tras ello, quizá, las hojas, flores y frutos broten cada año con la naturalidad con la que este teclado, también intermitente, hace brotar estas palabras.
Mañana más.
jueves, 8 de septiembre de 2016
Tanto va el móvil a la fuente...
No sé si la expresión más adecuada será aquella de "hacer leña del árbol caído" pero voy a tomarlo en su lado más positivo, el de la productividad.
Uno podría pensar que, dado que el árbol ya se ha caído y eso no tiene solución, al menos hacer leña puede darle sentido. Y eso vamos a intentar.
La acción ocurre en un apartamento confortable, una fresca mañana de septiembre (la primera mañana fresca de todo el verano, por cierto) cuando nuestro protagonista; un teléfono móvil de esos con internet, cámara de fotos, protector de pantalla y chaleco antibalas; se encuentra cómodamente tumbado en una mesa mientras su dueño lee un libro con el tobillo derecho sumergido en un barreño de agua fría.
Hasta aquí todo normal, bueno, lo del tobillo evidentemente se explica por la lesión previa del dueño del teléfono y redactor de este texto, que se fracturó un hueso del pie jugando al baloncesto a principios del verano (pero eso es otra historia).
Todo sucede en apenas unas milésimas de segundo; termina el quinto capítulo del libro, lo apoya sobre la mesa y toma el móvil para ver la hora; pero el terminal está juguetón, o rebelde y se zafa resbalando hacia el suelo. Se acerca al borde del barreño y, con un leve rebote en la circunferencia externa, se sumerge como si de un concurso de saltos de trampolín se tratase.
¡Qué simpática coincidencia que uno se lesione al intentar capturar un rebote y acabe encestando el móvil en la misma canasta en la que tiene el pie!
Por supuesto, en otras cuantas milésimas de segundo sucede todo lo demás: la incredulidad, la pesca submarina, el contenedor de arroz, los frustrados intentos de abrirlo para extraer la batería...
Resumiendo... que me he quedado sin móvil. Había pensado ponerlo en facebook con el clásico mensaje "Estoy sin móvil, para cualquier cosa escribidme por aquí" pero luego se me han venido a la cabeza mil otros textos: "mi móvil protagoniza el remake de vacaciones en el mar", "tras un verano infernal mi móvil decide bañarse la mañana más fresquita", "de los productores de `Martini con móvil´, llega `Móvil al agua´", "saben aquel que diu que es un móvil que se cae al agua", "mi tobillo por un móvil impermeable" y otras muchas chorradas así que me he convencido de que lo mejor era escribir una entrada en el blog antes de empezar a lamentar todas las fotos, vídeos, teléfonos, chistes, etc, que se han evaporado.
Tampoco es la primera vez; cómo olvidar el vuelo sin motor derecho a una copa de vodka con naranja mientras rodábamos vídeos documentales sobre el amor en un bar de copas, o aquella cagada (nunca mejor dicho) hace ya muchos años cuando se cayó al WC y una vez pescado lo lavaron bajo el grifo (se dice el pecado pero no el pecador).
Tengo que reconocer que mi experiencia con los celulares es bastante rica: desde el nokia más simple de batería inagotable, con su teclado abombado por el calor, que funcionaba incluso en Australia y jamás me dio un problema, hasta el Nexus con la pantalla táctil triturada del que funcionaban sólo algunas letras (y qué vanguardista era escribir mensajes buscando sinónimos de todas las palabras que contuvieran una "L").
Y tras este buen montón de leña, creo que es buen momento para aprovechar y depurarme... quizá me pase unos días sin móvil... he leído por ahí que es la única forma de tener vacaciones en este mundo cyborg.
Uno podría pensar que, dado que el árbol ya se ha caído y eso no tiene solución, al menos hacer leña puede darle sentido. Y eso vamos a intentar.
La acción ocurre en un apartamento confortable, una fresca mañana de septiembre (la primera mañana fresca de todo el verano, por cierto) cuando nuestro protagonista; un teléfono móvil de esos con internet, cámara de fotos, protector de pantalla y chaleco antibalas; se encuentra cómodamente tumbado en una mesa mientras su dueño lee un libro con el tobillo derecho sumergido en un barreño de agua fría.
Hasta aquí todo normal, bueno, lo del tobillo evidentemente se explica por la lesión previa del dueño del teléfono y redactor de este texto, que se fracturó un hueso del pie jugando al baloncesto a principios del verano (pero eso es otra historia).
Todo sucede en apenas unas milésimas de segundo; termina el quinto capítulo del libro, lo apoya sobre la mesa y toma el móvil para ver la hora; pero el terminal está juguetón, o rebelde y se zafa resbalando hacia el suelo. Se acerca al borde del barreño y, con un leve rebote en la circunferencia externa, se sumerge como si de un concurso de saltos de trampolín se tratase.
¡Qué simpática coincidencia que uno se lesione al intentar capturar un rebote y acabe encestando el móvil en la misma canasta en la que tiene el pie!
Por supuesto, en otras cuantas milésimas de segundo sucede todo lo demás: la incredulidad, la pesca submarina, el contenedor de arroz, los frustrados intentos de abrirlo para extraer la batería...
Resumiendo... que me he quedado sin móvil. Había pensado ponerlo en facebook con el clásico mensaje "Estoy sin móvil, para cualquier cosa escribidme por aquí" pero luego se me han venido a la cabeza mil otros textos: "mi móvil protagoniza el remake de vacaciones en el mar", "tras un verano infernal mi móvil decide bañarse la mañana más fresquita", "de los productores de `Martini con móvil´, llega `Móvil al agua´", "saben aquel que diu que es un móvil que se cae al agua", "mi tobillo por un móvil impermeable" y otras muchas chorradas así que me he convencido de que lo mejor era escribir una entrada en el blog antes de empezar a lamentar todas las fotos, vídeos, teléfonos, chistes, etc, que se han evaporado.
Tampoco es la primera vez; cómo olvidar el vuelo sin motor derecho a una copa de vodka con naranja mientras rodábamos vídeos documentales sobre el amor en un bar de copas, o aquella cagada (nunca mejor dicho) hace ya muchos años cuando se cayó al WC y una vez pescado lo lavaron bajo el grifo (se dice el pecado pero no el pecador).
Tengo que reconocer que mi experiencia con los celulares es bastante rica: desde el nokia más simple de batería inagotable, con su teclado abombado por el calor, que funcionaba incluso en Australia y jamás me dio un problema, hasta el Nexus con la pantalla táctil triturada del que funcionaban sólo algunas letras (y qué vanguardista era escribir mensajes buscando sinónimos de todas las palabras que contuvieran una "L").
Y tras este buen montón de leña, creo que es buen momento para aprovechar y depurarme... quizá me pase unos días sin móvil... he leído por ahí que es la única forma de tener vacaciones en este mundo cyborg.
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