Una vez dentro del océano, no me culpéis por usar la aburrida metáfora de los peces que a millares pueblan el mar de las relaciones, con una herramienta gratuita que aglutina tantos usuarixs (tantos como peces) parece necesario preguntarse por el aspecto más prosaico de todos: el dinero.
Lejos de mí la intención de señalarlo como único aspecto prosaico, los hay a porrillo en una app que se cataloga de buscador de relaciones de usar y tirar, sexo esporádico o, más elegantemente, para conocer gente a tu alrededor; y de la que ya hemos comentado algunos de los contenidos en las anteriores entradas.
Volvamos al dinero: ¿dónde?¿cómo?¿cuánto?
Bien, no se hace desde luego con la descarga del programa, que es gratis, a no ser que Tinder tenga participaciones en Telefónica y Vodafone, pese a lo cual tampoco es de las que más datos absorben (ese privilegio se lo guardan las apps de videollamada) sino con la célebre "versión premium", el gran truco del siglo XXI.
No descubre uno la versión premium de Tinder hasta que le deja el smartphone a los colegas, tan novatos como uno mismo, que sistemáticamente le aplican a Tinder la estrategia número tres (ver post anterior) y a una velocidad de vértigo comienzan a lanzar hacia la derecha todas las fotos y perfiles que aparecen en la pantalla sin detenerse más de 3 segundos en cada uno (total, el contenido es lo de menos, van a decir que sí igualmente).
Al cabo de un par de minutos sonríen sonoramente, saltando su sentimiento entre la malicia y la flojera antes de afirmar: "Bueno, en 12 horas volvemos". Ocurre que los "likes" tienen un límite (cifra que desconozco pero que echando cálculos, 2 minutos a 3 segundos por perfil, puede rondar los 300 o 400) y una vez alcanzado, se debe esperar durante 12 horas antes de volver a jugar.
Como dicen los colegas, con mayor sorna incluso: "No tienes por qué esperar, puedes seguir viendo perfiles, claro, siempre que digas que no a todos los que aparezcan en las próximas 12 horas". Y aquí entran dos elementos clave para hacer dinero: la inmediatez y la avaricia.
Decir que no a una foto de tinder significa su desaparición total (o eso creo, tendré que preguntar a los expertos si teniéndolo muy trabajado la app les llega a reproponer a la misma gente por evitar el vacío), mientras decir que sí deja abierta la puerta al match.
Suspender el juicio, que podría ser nuestra favorita, te obliga a permanecer en estado de éxtasis: sin poder ver el siguiente perfil hasta que te pronuncies sobre el actual.
Si fuera un juego de cartas, sería el solitario, en el que se van descubriendo las cartas una a una para colocarlas en su correspondiente palo. Tiene sentido porque se supone que a Tinder se juega solo.
No estaría mal crear una app un poco más social, que fuera algo más como el chinchón o la canasta para jugar en grupo y hacer parejas, tríos y escaleras... Ahí lo dejo.
Un espacio nacido como diario de viajes que ahora es más un compañero de camino...
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martes, 23 de junio de 2015
domingo, 3 de febrero de 2013
Conectando blogs, o bloges
Después de esta presentación, que habrá generado una expectación fuera de lo normal, lo que os cuente no va a estar a la altura nunca (una overpromise, que diría Pepe).
Pero vamos a intentarlo:
Para re-inaugurar este blog que me duplica el trabajo (no te lo tomes a mal, Sandra, que te lo agradezco;) porque ahora a ver quién es
el bonito que le dice a Victor que ya no le publico más en
Hambredeescritos.blogspot.com, lo mejor es repetirme sin cansar, o sea, volver a
hablar de esa canción de Krahe que me ha acompañado en mi llegada.
Dice la
primera estrofa:
En las antípodas, todo es idéntico
Tienen teléfonos, tienen semáforos…
De la primera
parte ya hablé en ¿es todo idéntico?
Y ahora voy con la segunda: a los dos días de llegar ya me había comprado una
sim australiana para poder iniciar la búsqueda de piso y cuál sería mi sorpresa
al enterarme de las condiciones. Aquí tienen teléfonos, de prepago o de
contrato, pero yo creo que son lo mismo.
Resulta que un
contrato te ofrece una tarifa fija mensual a cambio de unos servicios (si
estáis familiarizados con las compañías telefónicas, es decir, si tenéis que
llamar a menudo para quejaros o si os dan la vara para que os cambiéis no creo
que os descubra nada nuevo), mientras que el prepago es un número al que tú le
cargas el dinero que quieras y lo vas gastando con una tarifa menos
conveniente. O eso creía yo.
Llego a Vodafone,
porque la agencia tiene un convenio y no sé qué rollos, y me dice la
dependienta: Si quieres un número te recomiendo nuestros planes de 30$ o de
35$, que consisten en un gasto fijo mensual del 30 o 35 (que te cargamos
directamente a cuenta), a cambio del cual tienes nosecuántos minutos de
llamadas y megas de conexión, mensajes gratis y todo lo demás. Y si te pasas,
no te preocupes, que eso también te lo cobramos (por supuesto a precio de oro).
Llamadme loco,
pero eso en mi tierra es un contrato.
- - La diferencia es la permanencia, que el prepago no la tiene.
- - Ah. Pero, yo no podría hacerme un contrato porque me voy en 6 meses…
- - Claro, por eso te ofrecemos el plan
- - Y, ¿si yo quisiera pagar solo por lo que llamo?
(De repente el edificio entero
empieza a parpadear en rojo y se escucha el ruido de una alarma como si hubiera
que evacuar el país inmediatamente)
- - ¡No! Eso no te conviene, aquí la recarga mínima es de 30$ y tienes que
consumirlos en 28 días.
- - Vale, pues hazme el plan. El más barato.
Conclusión, si las
condiciones del prepago son tan parecidas al plan que al final te compensa más
el plan, y las condiciones del plan son tan parecidas a las del contrato que al
final (si te quedas un par de años) te compensa más el contrato no entiendo por
qué dicen que hay dos modalidades (prepago y contrato). Para hacerlo un poco
más claro: Si en Madrid te dicen que puedes elegir quién gobierne el
ayuntamiento y quién gobierne la comunidad y a los cuatro días esa gente que ha
sido elegida se marcha, uno podría pensar que en realidad no puede elegirlo,
sino que se eligen entre ellos, ¿no?
En fin, será que
la ciudad no es para mí.
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