Hace unos días murió un torero de una cornada en Teruel. La noticia salió en todos los medios: periódicos, radio, televisión, internet...
Enseguida se destacaron dos reacciones al hecho: la consternación y la solidaridad con la familia del torero por un lado y la crítica al mundo del toreo que evolucionó en alegría ante la muerte del torero y, ya en caso extremo, en rabia y deseo de muerte de todo defensor de las corridas de toros.
Personalmente no me alegra la muerte del torero como tampoco la muerte de los toros. Aunque el símil parezca arriesgado, la situación me recuerda un poco a esas noticias en las que mueren 5 policías en Dallas durante una manifestación y se les dedica una atención mediática inmensa, mientras 300 ciudadanos son víctimas de un ataque terrorista en Bagdad y se entera uno de casualidad entre una noticia de fútbol y otra de prensa rosa.
Me sorprende, porque me resulta bastante curioso, cómo ciertos medios (lo he observado en dos canales de televisión y en dos diarios online, tampoco quiero generalizar) se hacen eco de la investigación de los tweets ofensivos contra la familia y compañeros del torero, repitiendo con insistencia las de un profesor con más rabia que discurso.
Pero aún más sorprendido me deja el hecho de que dos o tres noticias después se hable de las agresiones sexuales en San Fermín (después, no antes) con un escueto servicio en el que se ensalzan los "verdaderos valores de la fiesta" por supuesto revolviéndose contra los agresores y reconociendo que existen y enturbian el buen ambiente.
No quiero hacer de menos a nadie, pero en mi opinión las cinco mujeres agredidas durante San Fermín no reciben el mismo trato mediático que el torero muerto, incluso que el profesor que insultó al torero y a la familia.
Y sospecho que detrás se esconde la defensa del toreo y de todo ese mundo que hacen ciertos medios y que les impide ver con objetividad la defensa de los animalistas.
Y ya desde lo personal, animales somos todos y como animalista no celebro la muerte de toros ni toreros. Estaría muy bien que los toreros fueran animalistas y se acabara este "espectáculo".
Un espacio nacido como diario de viajes que ahora es más un compañero de camino...
miércoles, 13 de julio de 2016
sábado, 25 de junio de 2016
Ceci n'est pas un article sur le Brexit
Ayer me pasé el día entero escuchando las reacciones al referendum del Reino Unido sobre el abandono de la Unión Europea. También, por supuesto, lo leí en las redes e incluso compartí en los chats de whatsapp algunas bromas, como esa de "Reino Unido ha abandonado el grupo"
Y también di mi opinión, que ahora pienso repetir aquí, tal vez más estructurada (o no).
En primer lugar, el resultado es fruto de una consulta a la ciudadanía británica: y esto, ¿qué significa?
- Por un lado, que en decisiones de este calibre es necesaria la consulta (y realizar una consulta es mucho más de lo que ocurre en España). Esto me hace pensar en los ríos de rabia que he leído entre mis amistades a través de Facebook. Señoras y señores,reconozcámoslo: podrá gustarnos más o menos el resultado pero el referendum, en sí mismo, es un dato objetivo de salud democrática.
- En segundo lugar, el pueblo es soberano. Ni soberanamente idiota, ni soberanamente egoísta, ni soberanamente ingenuo. Yo también lamento que un país decida abandonar el proyecto común que representa la Unión Europea, aunque de "proyecto común" y de "Unión" se ocupe menos que de estabilidad comercial. Pero el pueblo británico (al menos el 52% del 70% de la población censada que ha votado a favor del Brexit) ha decidido marcharse. No me gustan las frases que leo, del tipo: "allá ellos", "nosotros tampoco les queremos", "la libra se desploma, os lo merecéis, inglesitos". Creo que la envidia, la rabia y el rencor son precisamente los sentimientos que han generado tantas guerras en nuestro reciente pasado y los insultantes juicios de valor sobre la decisión británica no ayudan a crear un clima de equilibrio.
- Además, ¿qué hay de malo? Me temo que el conservadurismo europeo nos impide aprovechar esta decisión crítica como una oportunidad (sí, así también nos lo dijeron durante la crisis económica). El abandono de Gran Bretaña es el primero pero puede que no sea el último. Desde 1972 ha habido numerosos países que han votado sobre su pertenencia o no a Europa y en qué términos (de ahí los regímenes especiales de Noruega, Suecia, Dinamarca o el propio Reino Unido. Quizá esta nueva situación nos permita evolucionar y seguir creando un espacio compartido con quien quiera libremente participar y tome las adecuadas responsabilidades.
- Oye, que una cura de humildad tampoco viene nada mal: Europa, y la UE en concreto, lleva unos años yendo "de guay" o suponiendo la excusa perfecta para no tomar determinadas decisiones políticas (supuestamente porque lo manda Bruselas). Pero los generalizados lamentos que hay en los países miembros no se habían traducido en abandono hasta ahora. De algún modo me parece que nos pensábamos que la UE era tan molona que, aún con sus fallos, merece la pena. Bueno, quizá no a cualquier precio.
- Y lo que puede ayudarnos: Si desde las Instituciones Europeas sabemos leer esto como un toque de atención y no (o no sólo) como una rabieta infantil, quizá nos haga repensar Europa, que no nos viene nada mal, y construirla sobre una base más cercana a las personas (sin populismos, claro).
Claro que también me preocupa la visión, que parcialmente comparto, de que la victoria del Leave es un triunfo de la extrema derecha y de sus discursos insolidarios y conservadores. Pero creo, aunque parezca naïve, que es mejor: así veremos como nada de lo prometido demagógicamente por sus líderes se aplicará y la desilusión nos ahorrará una Tercera Guerra Mundial. Porque hay que ver cómo se les va la mano (y la voz) en ciertos discursos...
En resumidas cuentas, que digo yo que tampoco hay que tomarse los cambios como algo negativo pero sobre todo, hay que huir de las reacciones negativas a los cambios, porque yo creo que no aportan más que leña a un fuego que, yo al menos, preferiría no ver nunca encendido.
Y también di mi opinión, que ahora pienso repetir aquí, tal vez más estructurada (o no).
En primer lugar, el resultado es fruto de una consulta a la ciudadanía británica: y esto, ¿qué significa?
- Por un lado, que en decisiones de este calibre es necesaria la consulta (y realizar una consulta es mucho más de lo que ocurre en España). Esto me hace pensar en los ríos de rabia que he leído entre mis amistades a través de Facebook. Señoras y señores,reconozcámoslo: podrá gustarnos más o menos el resultado pero el referendum, en sí mismo, es un dato objetivo de salud democrática.
- En segundo lugar, el pueblo es soberano. Ni soberanamente idiota, ni soberanamente egoísta, ni soberanamente ingenuo. Yo también lamento que un país decida abandonar el proyecto común que representa la Unión Europea, aunque de "proyecto común" y de "Unión" se ocupe menos que de estabilidad comercial. Pero el pueblo británico (al menos el 52% del 70% de la población censada que ha votado a favor del Brexit) ha decidido marcharse. No me gustan las frases que leo, del tipo: "allá ellos", "nosotros tampoco les queremos", "la libra se desploma, os lo merecéis, inglesitos". Creo que la envidia, la rabia y el rencor son precisamente los sentimientos que han generado tantas guerras en nuestro reciente pasado y los insultantes juicios de valor sobre la decisión británica no ayudan a crear un clima de equilibrio.
- Además, ¿qué hay de malo? Me temo que el conservadurismo europeo nos impide aprovechar esta decisión crítica como una oportunidad (sí, así también nos lo dijeron durante la crisis económica). El abandono de Gran Bretaña es el primero pero puede que no sea el último. Desde 1972 ha habido numerosos países que han votado sobre su pertenencia o no a Europa y en qué términos (de ahí los regímenes especiales de Noruega, Suecia, Dinamarca o el propio Reino Unido. Quizá esta nueva situación nos permita evolucionar y seguir creando un espacio compartido con quien quiera libremente participar y tome las adecuadas responsabilidades.
- Oye, que una cura de humildad tampoco viene nada mal: Europa, y la UE en concreto, lleva unos años yendo "de guay" o suponiendo la excusa perfecta para no tomar determinadas decisiones políticas (supuestamente porque lo manda Bruselas). Pero los generalizados lamentos que hay en los países miembros no se habían traducido en abandono hasta ahora. De algún modo me parece que nos pensábamos que la UE era tan molona que, aún con sus fallos, merece la pena. Bueno, quizá no a cualquier precio.
- Y lo que puede ayudarnos: Si desde las Instituciones Europeas sabemos leer esto como un toque de atención y no (o no sólo) como una rabieta infantil, quizá nos haga repensar Europa, que no nos viene nada mal, y construirla sobre una base más cercana a las personas (sin populismos, claro).
Claro que también me preocupa la visión, que parcialmente comparto, de que la victoria del Leave es un triunfo de la extrema derecha y de sus discursos insolidarios y conservadores. Pero creo, aunque parezca naïve, que es mejor: así veremos como nada de lo prometido demagógicamente por sus líderes se aplicará y la desilusión nos ahorrará una Tercera Guerra Mundial. Porque hay que ver cómo se les va la mano (y la voz) en ciertos discursos...
En resumidas cuentas, que digo yo que tampoco hay que tomarse los cambios como algo negativo pero sobre todo, hay que huir de las reacciones negativas a los cambios, porque yo creo que no aportan más que leña a un fuego que, yo al menos, preferiría no ver nunca encendido.
miércoles, 11 de mayo de 2016
Me doy un baño
Antes de que me vengáis con que si el blog ponmeunagua, que si trabajo en un balneario y que si ahora escribo de bañarse os aviso: esta entrada no va de aguas.
Hoy me he dado un baño. Creo que no se lleva eso, o a lo mejor es retro o poco ético. Sea como sea, me he dado un baño.
Y no es fácil, que las casas ya no las hacen con bañera, que todo son platos de ducha y además siempre con la misma coletilla: "Total, tú ¿cuántas veces te bañas al año? Ninguna, ¿verdad? Pues pon un plato de ducha".
Para darse un baño lo primero es poner el tapón de la bañera y abrir el grifo teniendo cuidado de que el agua salga más caliente de lo normal. Mientras el líquido elemento cae con un ruido infernal que casi te hace arrepentirte de lo que vas a hacer, la mente vuela y juguetea con paradojas históricas:
¡Qué curioso! Toda la infancia riéndonos de los medievales, que eran unos guarros porque sólo se bañaban una vez al mes (o al año) y nosotros ni eso. Vale, nos duchamos. Y nos afeitamos, ponemos desodorante, crema, colonia, sí, pero de bañarse nanay.
Lo mejor de estas reflexiones es que provocan un doble efecto: la risa y el paso del tiempo; así que cuando te quieres dar cuenta hay que cerrar el grifo porque se sale el agua de la bañera. Por supuesto, demasiado caliente.
Y adentro.
Supongo que la gente no se baña porque requiere mucho tiempo pero es un ejercicio muy sano cuando uno se siente proustiano o joyciano (todo lo que pueda uno ser proustiano o joyciano sin haber sido capaz de ir más allá de la página 193 del Ulises, por ejemplo) y cada pensamiento se entremezcla con la sensación suave del agua, primero muy caliente, luego agradablemente caliente, luego templada, luego tibia, luego...
Entonces, quién sabe si por el frío, la mente, que había desconectado hasta casi alcanzar el nirvana, regresa implacable para martillearte con la canción del verano (la del actual o la del anterior, supongo que depende de la época) y tomas conciencia del momento: hora de terminar el baño.
Y levantas el tapón.
De repente, la calma que envolvía el momento se vuelve opaca y el lento pero constante desaparecer transparente por el sumidero va dejando la piel húmeda cada vez más seca.
El desagüe es al principio silencioso como un duende que no quisiera romper la mágica paz anterior y, de repente, como escupido de nuevo a la realidad, cuando el nivel del agua ha bajado tanto que apenas sientes su presencia bajo el culo, inicia un ruido ensordecedor que te sustrae del éxtasis.
El éxtasis es razón y causa de que no nos bañemos más a menudo: durante la segunda mitad del vaciado de la bañera, un remolino tímido aparece sobre el sumidero. Si uno se detiene y lo observa desde la perpendicular perfecta, casi coincide con el centro mismo de la tierra y siente uno tal respeto que teme casi respirar, pues el más leve movimiento inclina el remolino. Superado el respeto o adoración, inicia el juego infantil de hacerlo más grande, o más torcido o invisible. Todo, en realidad, por no ver la inexorable llegada del final del baño.
Dicen que un sabio, dueño de una taberna, acostumbraba a despedirse así cuando, a última hora, los habituales más a su gusto se encontraban: "Señores, nada es eterno, vayan haciéndose a la idea"
Yo creo que no nos bañamos porque nos hemos hecho a la idea antes de tiempo.
Hoy me he dado un baño. Creo que no se lleva eso, o a lo mejor es retro o poco ético. Sea como sea, me he dado un baño.
Y no es fácil, que las casas ya no las hacen con bañera, que todo son platos de ducha y además siempre con la misma coletilla: "Total, tú ¿cuántas veces te bañas al año? Ninguna, ¿verdad? Pues pon un plato de ducha".
Para darse un baño lo primero es poner el tapón de la bañera y abrir el grifo teniendo cuidado de que el agua salga más caliente de lo normal. Mientras el líquido elemento cae con un ruido infernal que casi te hace arrepentirte de lo que vas a hacer, la mente vuela y juguetea con paradojas históricas:
¡Qué curioso! Toda la infancia riéndonos de los medievales, que eran unos guarros porque sólo se bañaban una vez al mes (o al año) y nosotros ni eso. Vale, nos duchamos. Y nos afeitamos, ponemos desodorante, crema, colonia, sí, pero de bañarse nanay.
Lo mejor de estas reflexiones es que provocan un doble efecto: la risa y el paso del tiempo; así que cuando te quieres dar cuenta hay que cerrar el grifo porque se sale el agua de la bañera. Por supuesto, demasiado caliente.
Y adentro.
Supongo que la gente no se baña porque requiere mucho tiempo pero es un ejercicio muy sano cuando uno se siente proustiano o joyciano (todo lo que pueda uno ser proustiano o joyciano sin haber sido capaz de ir más allá de la página 193 del Ulises, por ejemplo) y cada pensamiento se entremezcla con la sensación suave del agua, primero muy caliente, luego agradablemente caliente, luego templada, luego tibia, luego...
Entonces, quién sabe si por el frío, la mente, que había desconectado hasta casi alcanzar el nirvana, regresa implacable para martillearte con la canción del verano (la del actual o la del anterior, supongo que depende de la época) y tomas conciencia del momento: hora de terminar el baño.
Y levantas el tapón.
De repente, la calma que envolvía el momento se vuelve opaca y el lento pero constante desaparecer transparente por el sumidero va dejando la piel húmeda cada vez más seca.
El desagüe es al principio silencioso como un duende que no quisiera romper la mágica paz anterior y, de repente, como escupido de nuevo a la realidad, cuando el nivel del agua ha bajado tanto que apenas sientes su presencia bajo el culo, inicia un ruido ensordecedor que te sustrae del éxtasis.
El éxtasis es razón y causa de que no nos bañemos más a menudo: durante la segunda mitad del vaciado de la bañera, un remolino tímido aparece sobre el sumidero. Si uno se detiene y lo observa desde la perpendicular perfecta, casi coincide con el centro mismo de la tierra y siente uno tal respeto que teme casi respirar, pues el más leve movimiento inclina el remolino. Superado el respeto o adoración, inicia el juego infantil de hacerlo más grande, o más torcido o invisible. Todo, en realidad, por no ver la inexorable llegada del final del baño.
Dicen que un sabio, dueño de una taberna, acostumbraba a despedirse así cuando, a última hora, los habituales más a su gusto se encontraban: "Señores, nada es eterno, vayan haciéndose a la idea"
Yo creo que no nos bañamos porque nos hemos hecho a la idea antes de tiempo.
miércoles, 27 de abril de 2016
Tanto va el cántaro a la fuente...
Hacía tiempo que no perdía yo un vuelo y esta forma de hacerlo faltaba en mi colección.
Hay maneras mejores y peores, ninguna realmente buena, pero que te den con la puerta en las narices ya huele (y nunca mejor dicho) a cachondeo.
La vida, esa cosa que ocurre mientras nos quejamos o hacemos cola para pasar el control del aeropuerto, es así. Y te lleva por donde quiere.
Hoy, como tantas otras veces ha querido que recorra el camino de la vergüenza, ayer por un olvido, hoy por un descuido. Pero no demoremos más lo inevitable: Me han cerrado el vuelo.
Hace muchos años, aunque aún lo recuerdo, acompañaba a mi amigo Kentaro al aeropuerto, rumbo a Italia. Ibamos en familia porque yo entonces no conducía (ahora tampoco, hay cosas que no cambian nunca) y se nos echó la hora encima, como suele decirse.
Mi madre, con bellas artes y buenas mañas, logró convencer a la azafata de tierra para que le facturaran la maleta y Kentaro consiguió regresar a Turín según lo previsto.
Hoy he llegado al aeropuerto con bien de tiempo (los 75min de antelación, creo que demuestran que la lección está aprendida).
He facturado la maleta, no sin antes extraer 3 o 4 cosas y cambiarlas al equipaje de mano para no pagar los absurdos precios de penalización por sobrepeso, y me he dirigido al control previo al embarque.
Empieza la fiesta: de los 6 puestos que hay en el aeropuerto de Basilea sólo funcionaban 3. No os cuento hasta dónde llegaba la cola porque casi me tengo que quedar al pie de las escaleras mecánicas.
Ante la pasividad general se me ocurre decirle al vigilante: "¿Queda mucho? Tengo un poco de prisa" y acompañar la frase de una serie de pequeños gestos de intranquilidad dada la próxima aunque al parecer no inminente salida del vuelo.
Un gesto de negación y unas incomprensibles palabras de calma; algo así como "tienes tiempo de sobra, no te agobies", me alejan de ese maravilloso mundo de "los que se saltan la cola por todo el morro" y me digo a mi mismo; "tenía que haber hecho como ésa, que se ha colado por debajo de la cinta como si nada". Pero no lo hago.
Y luego llega la elección fatal. Con tres colas largas por igual, un tremendo error de visión me catapulta a "la fila más lenta" en la que hay una familia con tres niños y dos carritos de bebé. Ni en los mejores momentos de Mr Bean he visto una cosa igual: 20 minutos intentando desmontar el carro para que pase por el visor de las maletas (¡señores, es un carrito de bebé, por muy plegable que sea, no cabe!) hasta que finalmente lo pasan por el detector de personas. Si no ha habido aplausos es porque todos teníamos la misma prisa o porque en Suiza no les hace gracia el hunor inglés.
Ya ni me acuerdo de la hora. Paso el control (me revisan no sé qué de la maleta) meto el ordenador de nuevo en la maleta, me calzo, me pongo el cinturón, el reloj, las llaves, el móvil...
Miro la pantalla y... vuelo con destino Madrid CERRADO.
Atravieso el duty free como alma que lleva el diablo (si fuera una película habría música de Indiana Jones de fondo y se caerían todos los expositores de los golpes que les daría con la maleta) y llego a la puerta de embarque.
Nadie. No, un momento, dos azafatos. Saludos de cortesía: "Hombre, Señor Yubero, ya por aquí, le hemos llamado cuatro veces y al ver que no llegaba hemos cerrado el vuelo"
Pe... pero... mi maleta, el control, el avión...
Así es, el avión está ahí, sí. Mi maleta no. Ya han avisado de que no estaba entre el pasaje y la han devuelto al aeropuerto.
Ni gritos, ni insultos, ni desesperación... me he quedao flipao.
Menos mal que no es el primer vuelo que pierdo y que todo se arregla con unos euros en este mundo capitalista.
Como le dijeron a Larra, ya volveré mañana.
Hay maneras mejores y peores, ninguna realmente buena, pero que te den con la puerta en las narices ya huele (y nunca mejor dicho) a cachondeo.
La vida, esa cosa que ocurre mientras nos quejamos o hacemos cola para pasar el control del aeropuerto, es así. Y te lleva por donde quiere.
Hoy, como tantas otras veces ha querido que recorra el camino de la vergüenza, ayer por un olvido, hoy por un descuido. Pero no demoremos más lo inevitable: Me han cerrado el vuelo.
Hace muchos años, aunque aún lo recuerdo, acompañaba a mi amigo Kentaro al aeropuerto, rumbo a Italia. Ibamos en familia porque yo entonces no conducía (ahora tampoco, hay cosas que no cambian nunca) y se nos echó la hora encima, como suele decirse.
Mi madre, con bellas artes y buenas mañas, logró convencer a la azafata de tierra para que le facturaran la maleta y Kentaro consiguió regresar a Turín según lo previsto.
Hoy he llegado al aeropuerto con bien de tiempo (los 75min de antelación, creo que demuestran que la lección está aprendida).
He facturado la maleta, no sin antes extraer 3 o 4 cosas y cambiarlas al equipaje de mano para no pagar los absurdos precios de penalización por sobrepeso, y me he dirigido al control previo al embarque.
Empieza la fiesta: de los 6 puestos que hay en el aeropuerto de Basilea sólo funcionaban 3. No os cuento hasta dónde llegaba la cola porque casi me tengo que quedar al pie de las escaleras mecánicas.
Ante la pasividad general se me ocurre decirle al vigilante: "¿Queda mucho? Tengo un poco de prisa" y acompañar la frase de una serie de pequeños gestos de intranquilidad dada la próxima aunque al parecer no inminente salida del vuelo.
Un gesto de negación y unas incomprensibles palabras de calma; algo así como "tienes tiempo de sobra, no te agobies", me alejan de ese maravilloso mundo de "los que se saltan la cola por todo el morro" y me digo a mi mismo; "tenía que haber hecho como ésa, que se ha colado por debajo de la cinta como si nada". Pero no lo hago.
Y luego llega la elección fatal. Con tres colas largas por igual, un tremendo error de visión me catapulta a "la fila más lenta" en la que hay una familia con tres niños y dos carritos de bebé. Ni en los mejores momentos de Mr Bean he visto una cosa igual: 20 minutos intentando desmontar el carro para que pase por el visor de las maletas (¡señores, es un carrito de bebé, por muy plegable que sea, no cabe!) hasta que finalmente lo pasan por el detector de personas. Si no ha habido aplausos es porque todos teníamos la misma prisa o porque en Suiza no les hace gracia el hunor inglés.
Ya ni me acuerdo de la hora. Paso el control (me revisan no sé qué de la maleta) meto el ordenador de nuevo en la maleta, me calzo, me pongo el cinturón, el reloj, las llaves, el móvil...
Miro la pantalla y... vuelo con destino Madrid CERRADO.
Atravieso el duty free como alma que lleva el diablo (si fuera una película habría música de Indiana Jones de fondo y se caerían todos los expositores de los golpes que les daría con la maleta) y llego a la puerta de embarque.
Nadie. No, un momento, dos azafatos. Saludos de cortesía: "Hombre, Señor Yubero, ya por aquí, le hemos llamado cuatro veces y al ver que no llegaba hemos cerrado el vuelo"
Pe... pero... mi maleta, el control, el avión...
Así es, el avión está ahí, sí. Mi maleta no. Ya han avisado de que no estaba entre el pasaje y la han devuelto al aeropuerto.
Ni gritos, ni insultos, ni desesperación... me he quedao flipao.
Menos mal que no es el primer vuelo que pierdo y que todo se arregla con unos euros en este mundo capitalista.
Como le dijeron a Larra, ya volveré mañana.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)