Es como leer El Principito. Una prosa sencilla, directa, de esas que, como suele decirse, hacen fácil lo difícil. Al mismo tiempo un tema universal y muy propio del arte de la escritura: la soledad.
De ahí la noche y de ahí la verdad sin apariencias ni vergüenzas de sus protagonistas. Aunque si es difícil explicar la soledad, casi imposible parece entenderla cuando del mundo adulto se trata.
Acudir a los márgenes (un niño y una anciana), a lo que no es convencional porque decidimos retirarlo antes de que nos retire, puede ser un ancla. Y qué maravilla si escucháramos la voz de nuestra infancia. Y qué paz hacerlo con la plenitud de quien dejó de juzgar lo ajeno (y lo propio). O quizá se limitó a no darle prioridad.
Esta lectura breve pero muy intensa es, creo yo, una inmensa y solar apología de la vida y el inconformismo. Y del "menos es más".
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