Hacía más de 20 años que no se miraba al espejo y temía haber olvidado sus facciones. La última vez fue en aquel cumpleaños familiar al que según toda la familia no podía ir con esas pintas de pordiosero. Se colocó frente al lavabo con la mirada fija en aquellos ojos verdes que se oscurecían con cada pegote de gomina y cada tirón de peine. La raya a un lado, camisa blanca, cara bien afeitada aunque su barba no tuviera ni si quiera los tres tristes pelos de la canción, pantalón de pinza y zapato oscuro, casi ortopédico para sus plantas acostumbradas a las destartaladas deportivas grises. Esa fue la última mirada, y no era él.
Veinte años después ahí estaba de nuevo frente al espejo en la media mañana de un domingo de vacaciones, algunas canas asomando rebeldes entre el pelo enredado y dos rayas horizontales perfectamente irregulares horadando lentamente su frente. Una barba poblada y rala a la vez, que quizás con un arreglo aquí y allá le daría un aire de espadachín del siglo XVI (o XIX), la camiseta descolorida y con el cuello estirado en un improvisado escote, un chandal de esos que llamarían vintage y acentuaba su atemporalidad y sus perennes zapatillas grises, nuevo modelo lo más parecido posible a las anteriores, que había tenido que tirar porque el agua de la lluvia se filtraba a través de la suela y le empapaba los calcetines. Una pregunta le bombeaba el alma a cada detalle que su imagen le devolvía: ¿quién soy yo?
Abrió la boca en un bostezo y se dejó llevar por el sonido y la amplitud de la mueca hasta cerrar los ojos. Cuando cerró la boca de nuevo notó un sabor extraño, como a mermelada de naranja y pensó que serían los efectos de la resaca porque no probaba la naranja ni en refresco desde que se marchó de casa. Lentamente levantaba los párpados, paladeando aún ese dulzor cuando un sonido llamó su atención detrás de la puerta. Se acercó curioso al picaporte dorado y le pareció extraño, porque lo recordaba redondo y no de manilla y lacado en blanco, como la puerta que sin embargo era de madera.
Cuando apareció su hermana al otro lado, en el pasillo, todo cobró sentido de repente: "vamos, sal ya, que tengo que hacer pis. No sé por qué tardas tanto si ni siquiera te peinas". Salió al pasillo y escuchó al fondo a su madre y su abuela gritándole a la televisión mientras el aroma del café recién hecho le dilataba las narices y pensaba que era muy curioso cómo la gente se confunde de sentido y cree que despertarse es abrir los ojos.
Se dirigió a la cocina y mecánicamente, como para comprobar que todo era como se lo esperaba preguntó si su padre había salido ya. "Pues claro, son las ocho y media" le contestó su madre y casi automáticamente también, como si ella estuviera representando su papel agregó: "venga, que no llegas a clase. Y despierta a tu hermano, por favor".
Mientras regresaba al dormitorio de su infancia y adolescencia, un cuarto estrecho con cama nido de madera clara y escritorio amplio a juego junto a un armario blanco claramente insuficiente para dos gemelos en plena socialización, pensaba qué camiseta le "tomaría prestada" a su hermano antes de despertarle y se sorprendió de haber olvidado completamente el extraño viaje en el tiempo que estaba sufriendo.
"Cualquiera menos la verde oscura con las letras amarillas" le gruñó su hermano entre dientes mientras luchaba por mantener los ojos cerrados ante la explosión de claridad que convirtió sus párpados negros en rojo sangre. "No voy a cogerte ninguna camiseta, no sé por qué piensas que lo haría sin preguntarte" le respondió sonriendo mientras cogía la camiseta verde de la parte baja del montículo y revolvía toda la ropa del estante. "Me voy que no llego, dice mamá que te levantes" le espetó a modo de despedida.
(continuará)
Un espacio nacido como diario de viajes que ahora es más un compañero de camino...
viernes, 17 de abril de 2020
jueves, 16 de abril de 2020
Escritos IV
Vivir en sociedad es como hacer un guiso invernal, con frío sienta de maravilla y casi cualquiera te lo comes, pero la receta perfecta no existe. Cada cual tiene su propia receta y nunca nos gusta mucho ninguna excepto la nuestra (o como mucho la de la abuela).
Lo primero en lo que no llegamos a acuerdo son los ingredientes: que si yo le pongo laurel, que si yo hierbabuena, que si codillo mejor que morcillo, berza vs grelos, o tocino en vez de unto. No es dificil ver el símil, teniendo en cuenta las infinitas discusiones y debates, no solo políticos, sobre la inmigración, la delincuencia, la economía o el paro, aquí algunas frases para la reflexión: "los hay que vienen a trabajar, legales, esos bien, los que vienen a robar que se vuelvan a su país", "la pena de muerte no, pero la cadena perpetua, eso sí porque eso de la reinserción es un camelo", "libre mercado vs nacionalización", "un buen pelotazo inmobiliario y verás como hay trabajo de sobra".
Y claro, sobre esta frágil base cuyo único ingrediente común tal vez es el agua, se construyen más y más divergencias, ahora sobre las cantidades porque hay quien lo prefiere más salado o más soso, quien no soporta que se note el apio o quien en lugar de uno echa dos puñados de judías verdes. Siempre sobre los mismos temas anteriores, algunas frases más para la reflexión: "bueno, que vengan, pero algunos, que aquí no cabemos todos", "yo me pongo una alarma que dicen (los anuncios y cuñas publicitarias, se entiende) que roban mucho", "yo no pago impuestos, mi trabajo es para mí, no para sostener a vagos", "no quiero estar de alta, que estoy cobrando la ayuda".
Si os parece poco el (¡qué apropiado!) desaguisado, seguiremos viendo que tampoco en los tiempos y soportes hay acuerdo, porque mientras alguien lo deja dos horas en olla al fuego, otra persona toda la mañana en cazuela de barro, por no hablar de quien lo hace en 10 minutos en la olla exprés o quien en recipiente más pequeño, cuela la mitad y le añade más agua. Aún a riesgo de parecer insistentes, volvemos a la analogía: "Vamos a acoger a los 17.337 refugiados a los que nos hemos comprometido", "ya vale eso de que estén en la cárcel a pensión completa sin hacer nada todo el tiempo", "la crisis hace urgente y necesaria la reforma laboral, inmediatamente", "otra vez se prorrogan los presupuestos generales del estado"
Podríamos seguir eternamente, que si el orden en el que se añaden los ingredientes, que si los "trucos" de cada quién para potenciar el sabor (del mismo modo que los eslóganes "los españoles primero", "si facilitamos una exención fiscal para los autónomos...") y así sucesivamente, pero la idea ha quedado expuesta, por lo que nos acercamos al cierre.
"Recetas" hay tantas como personas y el "cocido" de la convivencia nunca va a saber como el de nuestras abuelas y por mucho que nos empeñemos el ingrediente fundamental que usaban eran sus años de experiencia. Al mismo tiempo, no creo que convenga cocinar como nos enseñan sin ir un poco más allá y añadir a esa experiencia otros ingredientes (la solidaridad, la diversidad, el amor) en cantidades abundantes y durante el tiempo que haga falta para que puedan descubrirnos sabores nuevos, ¿habéis probado a echarle jengibre a la sopa?
Lo primero en lo que no llegamos a acuerdo son los ingredientes: que si yo le pongo laurel, que si yo hierbabuena, que si codillo mejor que morcillo, berza vs grelos, o tocino en vez de unto. No es dificil ver el símil, teniendo en cuenta las infinitas discusiones y debates, no solo políticos, sobre la inmigración, la delincuencia, la economía o el paro, aquí algunas frases para la reflexión: "los hay que vienen a trabajar, legales, esos bien, los que vienen a robar que se vuelvan a su país", "la pena de muerte no, pero la cadena perpetua, eso sí porque eso de la reinserción es un camelo", "libre mercado vs nacionalización", "un buen pelotazo inmobiliario y verás como hay trabajo de sobra".
Y claro, sobre esta frágil base cuyo único ingrediente común tal vez es el agua, se construyen más y más divergencias, ahora sobre las cantidades porque hay quien lo prefiere más salado o más soso, quien no soporta que se note el apio o quien en lugar de uno echa dos puñados de judías verdes. Siempre sobre los mismos temas anteriores, algunas frases más para la reflexión: "bueno, que vengan, pero algunos, que aquí no cabemos todos", "yo me pongo una alarma que dicen (los anuncios y cuñas publicitarias, se entiende) que roban mucho", "yo no pago impuestos, mi trabajo es para mí, no para sostener a vagos", "no quiero estar de alta, que estoy cobrando la ayuda".
Si os parece poco el (¡qué apropiado!) desaguisado, seguiremos viendo que tampoco en los tiempos y soportes hay acuerdo, porque mientras alguien lo deja dos horas en olla al fuego, otra persona toda la mañana en cazuela de barro, por no hablar de quien lo hace en 10 minutos en la olla exprés o quien en recipiente más pequeño, cuela la mitad y le añade más agua. Aún a riesgo de parecer insistentes, volvemos a la analogía: "Vamos a acoger a los 17.337 refugiados a los que nos hemos comprometido", "ya vale eso de que estén en la cárcel a pensión completa sin hacer nada todo el tiempo", "la crisis hace urgente y necesaria la reforma laboral, inmediatamente", "otra vez se prorrogan los presupuestos generales del estado"
Podríamos seguir eternamente, que si el orden en el que se añaden los ingredientes, que si los "trucos" de cada quién para potenciar el sabor (del mismo modo que los eslóganes "los españoles primero", "si facilitamos una exención fiscal para los autónomos...") y así sucesivamente, pero la idea ha quedado expuesta, por lo que nos acercamos al cierre.
"Recetas" hay tantas como personas y el "cocido" de la convivencia nunca va a saber como el de nuestras abuelas y por mucho que nos empeñemos el ingrediente fundamental que usaban eran sus años de experiencia. Al mismo tiempo, no creo que convenga cocinar como nos enseñan sin ir un poco más allá y añadir a esa experiencia otros ingredientes (la solidaridad, la diversidad, el amor) en cantidades abundantes y durante el tiempo que haga falta para que puedan descubrirnos sabores nuevos, ¿habéis probado a echarle jengibre a la sopa?
Aburrimiento
Aburrimiento
recuerdos de una infancia
contando horas.
La primavera
espera que salgamos
a disfrutarla
pero la casa
es una prisión grande
muy aburrida.
Edad adulta,
horas que vuelan, tarde
para aburrirse.
La primavera
dura un leve suspiro
mientras trabajo
y recuerdo bien
cuando me aburría
de pequeñito.
Niños y niñas
recorren nuestra pieza
insoportables
y yo, envidio
el tiempo que disfrutan
aburriéndose
hasta verano,
otoño, invierno y
primavera de
nuevo, en un ciclo que
es un bostezo:
aburrimiento.
recuerdos de una infancia
contando horas.
La primavera
espera que salgamos
a disfrutarla
pero la casa
es una prisión grande
muy aburrida.
Edad adulta,
horas que vuelan, tarde
para aburrirse.
La primavera
dura un leve suspiro
mientras trabajo
y recuerdo bien
cuando me aburría
de pequeñito.
Niños y niñas
recorren nuestra pieza
insoportables
y yo, envidio
el tiempo que disfrutan
aburriéndose
hasta verano,
otoño, invierno y
primavera de
nuevo, en un ciclo que
es un bostezo:
aburrimiento.
martes, 14 de abril de 2020
Escritos II
Todas las mañanas se despertaba despacio y, sin saber cómo,
encontraba su cabeza a los pies.
Vagamente, mientras se desperezaba y probaba
sin éxito a abrir los ojos repasaba la noche anterior, si se había levantado
incontinente o sediento, si algún insecto zumbador lo desvelaba, si los ruidos
atronadores de la escalera en el silencio alarmaban su instinto…
Pero nada podía recordar de cómo había acabado enrollado sobre
sí mismo, el cabecero y la almohada tan lejanos.
El siguiente paso era estirarse en la cama, uno de esos
placeres que procuraba concederse cada día, si el despertar no conllevaba
sobresaltos. Alargaba sus extremidades, primero hacia delante y luego hacia atrás,
primero en la cama, en un ejercicio casi yógico, y luego, de un salto, de nuevo
se estiraba en el suelo.
Salía del cuarto sin mirar atrás, las mantas revueltas y la
ropa por los suelos poco le importaban aunque a veces olisqueara la ropa
interior alejando velozmente su nariz en el primer intento y regresando con
cautela para darle una segunda oportunidad.
Ya en el pasillo, dirigía sus pasos con firmeza al balcón,
la terraza, la puerta y cada una de las ventanas en un ritual diario tal vez
inútil puesto que esa ronda cerciorándose de que todo estuviera cerrado tendría
más sentido hacerla antes del sueño y no después. Se lavaba la cara con una
mano tres o cuatro veces hasta que sintiera sus ojos perfectamente abiertos y entonces
se enfrentaba abiertamente a la luz que atravesaba las ventanas.
En ocasiones, a la ronda le precedía una descarga del orín
nocturno tras la cual jamás se lavaba las manos, otras veces, sin embargo, la
dirección que tomaban sus pasos era la del desayuno: un tazón de cereales y un
vaso de agua componían el frugal festín que nunca se terminaba, dejando siempre
una parte para hacer un alto en la jornada, a eso de las 11:30.
Si no había nadie más despierto, regresaba al cuarto y con su alegre ronroneo me acercaba los bigotes a la cara hasta que me hacía cosquillas y no me quedaba más remedio que susurrar a medio sueño un gruñido ininteligible y un ¡quita gato!
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